Sergio Magaña, ruega por nosotros
- Ignacio Torres

- 15 jun
- 4 min de lectura
Si hablamos de un santoral estrictamente constituido por y para varones cis homosexuales sin duda alguna el dramaturgo, Sergio Magaña, debe estar en él.
Vanidoso, pero no banal; borracho y lúcido a la vez; autodestructivo por convicción (o quizá por la necedad de no rectificar); fiel al pueblo del que provenía también se mantuvo en la convicción de que su obra debía cantar las desgracias y las venturas de los pobres, no loar a los ricos encumbrados en el aparato burocrático del gobierno en uno de los puntos más altos del priísmo.

Sergio Magaña, nacido en 1924 aunque en su acta de nacimiento decía que en 1916.
El que dijo haber llegado a la Ciudad de México desde Tepalcatepec, Michoacán, aunque su acta de nacimiento estaba datada en Durango y en 1916, no en 1924 como afirmaba; el que se quitó ocho años de edad para ser un jovencito eterno le plantó cara a Rodolfo Usigli y escribió teatro como le vino en gana, es decir, con genialidad. Una que implicaba una ruda sinceridad que descubriría todos los defectos bajo la luz cenital y al son de aplausos estruendosos.
Fue excéntrico, pero a la vez procedió como se esperaba. Cobijado por Salvador Novo, y bajo su dirección, estrenó Los signos del zodiaco, en febrero de 1951. Los reflectores afuera del Palacio de Bellas Artes anunciaron, desde antes de caer el telón, el fulgor de su éxito. Esa obra coral, poblada por una pléyade de personajes incómodos, malignos, anhelantes, dolidos, devastados y destituidos, se situó en una vecindad capitalina en la década de 1940 y motivó a la reflexión, aunque no tanto a la acción de quienes hubieran podido hacer una diferencia en esas realidades persistentes pese a ser negadas por el milagro mexicano.
La joven promesa, con ocho años escondidos bajo la manga, se consagró desde su debut y se mantuvo en una espiral ascendente que, entre triunfos, camufló su principal rasgo de extrañeza: se mantuvo soltero toda su vida. Esto último, llevado siempre con discreción, lo colocó en medio del grupo de hombres insólitos que ejercían su rebeldía sin hablar de ella.
La confirmación de su homosexualidad —secreto a voces y entre bambalinas— llegó, por propia voz, tres décadas y media después de su primer triunfo en Bellas Artes. En octubre de 1986 se publicó en el suplemento El Búho, del diario Excélsior, una entrevista en la que, con la misma rudeza de su dramaturgia, se mostró por completo, defectos por delante. Declaró entonces que los jotos eran como las prostitutas puesto que estaban a expensas del morbo de los machos y añadió: “La diferencia entre un homosexual y un heterosexual es la imaginación. El heterosexual es un ser carente de imaginación, porque para acostarse con un semejante masculino hay que tener mucha imaginación”.
Él, que imaginó mundos enteros y vecindades que encerraron cataclismos cósmicos, fue uno de los más imaginativos. Apostó en silencio al amor y en 1986, ya en las postrimerías de su vida, proclamó voz en cuello las pérdidas padecidas:
“Mis amores monogámicos me resultaron poligámicos. No, yo no los traicionaba a la primera, ni a la segunda, sólo hasta la tercera. ¡Vaya que si he apostado por el amor! Toda mi fortuna, y toda la he perdido. Ya no tengo qué apostar, pero sigo jugando”.
Los rumores decían que las cantinas del Centro Histórico de la Ciudad de México eran el sitio ideal para ese juego sostenido a duras penas. Entre cervezas y botellas de ron, encontraba a quien de la concurrencia hacerle la apuesta. Cuando había suerte la última mano se jugaba bajo las sábanas solo para descubrir, horas más tarde, que junto con el contendiente había desaparecido otro centenario de sus haberes… y vuelta a jugar.
Suena absurdo mantenerse en tal dinámica. Sin embargo, juzgarlo con los ojos de hoy sería aún más cruento pues resulta difícil de entender de dónde provenía esa especie de pudor que le impidió hablar sobre sí no solo en tanto dramaturgo sino en tanto ser joto. Pese a todo me parece que Sergio Magaña fue libre en sus propios términos y bajo las condiciones que su contexto le permitió. Él, al igual que un coetáneo suyo, que existió únicamente en la ficción, vivió como quiso.
Javier Lavalle, protagonista de la novela Después de todo (1969) dice: “He vivido así y no me siento amargado a pesar de los numerosos reveses. Porque, después de todo, eso es lo que importa”. La frase encierra una verdad ineludible y lapidaria. Considero que esa reflexión resultó premonitoria del balance que haría sobre su vida, años después, Sergio Magaña. Lavalle, en su existencia ficcional, compartió generación con Magaña. Nacidos casi con el siglo XX, no tuvieron la noción de orgullo como la tenemos ahora, pero pese a ello, al elegir los términos de su devenir y los montos a apostar, disfrutaron de una libertad que quizá hoy no nos sabría muy bien, pero fue su libertad.
Magaña —así como el literario Lavalle— construyó uno a uno los peldaños que lo llevarían al cadalso de su ocaso. Con firmeza y determinación, a base de alcohol y amores fallidos, subió lo más que pudo para emprender el vuelo hacia la eternidad. Y aunque declaró que la posteridad no le importaba, dijo que se había dedicado a escribir porque era como un caracol: “El caracol no es trascendente, pero deja su huella en la pared que cruza”.
La huella de Sergio Magaña es innegable en el teatro nacional y universal, sin embargo, dejó otra casi inconscientemente: la de la vivencia de su homosexualidad. Aunque enunciada a susurros, ejercida puertas adentro y motivada por etílicos vapores, fue plena y congruente en los términos de una generación y contexto que combinaba desparpajo con discreción a partes iguales. Una mezcla rara reafirmada con una máxima personal: “Más vale mal acompañado que solo”.
Hoy tenemos oportunidad de elegir el camino y la proporción en la mezcla de los componentes de nuestro ser joto. La discreción es solo una de las miles de opciones y cuando se elige, en ciertos contextos, sabe más a cobardía que a convicción.
Así como fue el sostén de Sergio Magaña durante sus últimos años, el orgullo —colectivo, feliz y contestatario— debe ser nuestra base y soporte ahora que derechas genocidas y fascistas intentan abrir las fauces en varios países.
Sergio Magaña, patrono de los aguerridos, ruega por nosotros.

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