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La mujer y el espacio público en la época de oro del cine mexicano, Parte II: La casa chica (1949).


Durante los años cuarenta, la denominada época de oro del cine mexicano, definió una serie de arquetipos femeninos que calaron en el imaginario popular, definiendo espacios de actuación en sitios como el hogar, el teatro de revista, el cabaret, el burdel, la escuela, los hospitales y la iglesia, dejando fuera los sitios de toma de decisiones a nivel político y científico.


Con este segundo texto (de una serie de tres), se pretende mostrar a través de las películas ¡Arriba las mujeres! (Carlos Orellana, 1943), La casa chica (Roberto Gavaldón, 1949) y La liga de las muchachas (Fernando Cortés, 1950) protagonizadas por las actrices Consuelo Guerrero de Luna, Dolores del Río, Elsa Aguirre, Alma Rosa Aguirre y Miroslava respectivamente, la manera en que se abordaron temas como el feminismo, la interrupción del embarazo y la incorporación de la mujer en la ciencia, a través de tres categorías de análisis: vestimenta, lenguaje y roles de género.


Para 1949 Dolores del Río, la protagonista de La casa chica, se encontraba completamente insertada dentro de la industria fílmica mexicana, luego de su paso por Hollywood. Al contar con un estatus de estrella desde su llegada al panorama fílmico mexicano en la década de los cuarenta, le permitió seleccionar películas, eligiendo en la mayoría de los casos directores y elencos, estatus pocas veces conferido a las estrellas femeninas del cine mexicano (un caso similar es el de María Félix).


Luego de su incursión en el cine mexicano con Flor Silvestre (Emilio Fernández, 1943) vendrían una serie de colaboraciones con Emilio Fernández en donde el campo, la revolución mexicana y la tragedia romántica, predominan en la temática de las historias, tal es el caso de María Candelaria (1943), Las abandonas (1944) y Bugambilia (1944). Posteriormente vendría un cambio de registro con La selva de fuego (Fernando de Fuentes, 1945) melodrama noir donde Dolores se convierte en la única mujer en un grupo de hombres que la convierten en el centro de su atención.


Luego vendrían las cuatro colaboraciones con Roberto Gavaldón: La otra (1946), La casa chica (1949), Deseada (1950) y El niño y la niebla (1953); director que se caracteriza por dramas citadinos con fuerte componente psicológico en sus personajes y en algunos casos, la medicina como parte esencial en la vida de los protagonistas.


Los finales de los personajes que Dolores del Río interpretó en sus colaboraciones con Roberto Gavaldón. Superior izquierda: La otra, Superior derecha: La casa chica, Inferior izquierda: Deseada, Inferior derecha: El niño y la niebla.
Los finales de los personajes que Dolores del Río interpretó en sus colaboraciones con Roberto Gavaldón. Superior izquierda: La otra, Superior derecha: La casa chica, Inferior izquierda: Deseada, Inferior derecha: El niño y la niebla.

Si algo definió la carrera cinematográfica de Dolores del Río, fue la tragedia que marca a sus personajes, muchos de ellos incapaces de concretar la realización de su amor, en ese sentido, los personajes de Dolores del Río no son vistos como el ideal de la esposa, sino de la belleza femenina inalcanzable que atrae desgracias para aquellos que la admiran y para ella misma.


A grandes rasgos, la historia de La casa chica (Roberto Gavaldón, 1949) es la siguiente: Fernando Mendoza (Roberto Cañedo) prominente médico de la Ciudad de México, arriba al poblado de San Esteban en Chiapas, con la finalidad de continuar con sus estudios en sarcoidosis una enfermedad que produce la ceguera en habitantes de un poblado aledaño, el cual al regirse bajo usos y costumbres no contempla la cirugía como una posibilidad.


En San Esteban, Fernando conoce a Amalia Estrada (Dolores del Río) una joven que atiende la botica y el hospital del pueblo, si bien cuenta con conocimientos médicos, no tiene un título que los respalde derivado a que dejo sus estudios médicos en la Ciudad de México, Amalia vive con el Dr. Carrasco (Arturo Soto Rangel) que es su padrino y mentor. Amalia se encuentra comprometida con Carlos (José Elías Moreno) aunque dicha situación cambia ante las relaciones que empiezan a entablar, primero profesionalmente, luego románticamente entre Amalia y Fernando.


Finalizadas sus investigaciones en San Esteban, Francisco parte a la Ciudad de México con la promesa de reencontrase allá con Amalia para contraer matrimonio. Al llegar a la Ciudad de México, Francisco descubre que Lucila (Miroslava) su prometida acaba de anunciar su matrimonio, lo que complica la relación iniciada con Amalia, dicha problemática se extenderá a través de los años, en donde Amalia asume el papel de amante y se mantiene en la casa chica.


Anuncios en periodicos de La casa chica. Imágenes provenientes del expediente A-01724 del Centro de Documentación de la Cineteca Nacional.
Anuncios en periodicos de La casa chica. Imágenes provenientes del expediente A-01724 del Centro de Documentación de la Cineteca Nacional.

Al igual que ¡Arriba las mujeres! (Carlos Orellana, 1943), La casa chica, determina su enfoque de lo femenino a través del género cinematográfico al que se encuentra adscrito, en este caso, el melodrama, determinando personajes buenos y malos dentro de la trama. Aquí encontramos una diferencia con respecto al melodrama convencional donde la esposa es la representación de la bondad y la sumisión y la amante de la maldad y la rebeldía. En La casa chica la amante representa la bondad y la esposa la maldad, hay una inversión de los roles.


Además de la inversión de los roles, el personaje de Amalia resulta interesante ya que se trata de una mujer profesionalizada, algo inusual para los personajes  de esposas y amantes en el cine mexicano de los años cuarenta, más allá de trabajos que guardan vínculos con el cuidado de la familia y el hogar (maestra, enfermera, campesina, cocinera, carcelaria) y los relacionados al placer masculino (trabajadora sexual, bailarina, cantante, modelo) no hay ejemplos en donde la mujer pueda desempeñar otros trabajos, en el caso de Amalia es un personaje que no es reducido a su dimensión de amante, antes de eso es una doctora, para convertirse posteriormente en investigadora y catedrática en la Facultad de Medicina.


Una diferencia respecto a ¡Arriba las mujeres! son los espacios en donde se desenvuelven sus protagonistas, si bien Felicidad tiene mayor control respecto a su independencia y relación con Prospero, su espacio se limita únicamente al hogar, que es a la vez oficina y centro de reunión de las camisas pintas. Amalia por su parte, cuenta con mayores espacios como la botica y hospital de San Esteban (nunca aparece el hogar donde vive) y en la Ciudad de México sus actividades transcurren en la Facultad de Medicina, la farmacia donde trabaja en un primer momento, el Cine Balmori donde mantiene encuentros con Francisco, el laboratorio y el apartamento que comparte con Francisco.


El hospital de San Esteban es el sitio donde inicia la relación romántica entre Amalia y Fernando.
El hospital de San Esteban es el sitio donde inicia la relación romántica entre Amalia y Fernando.

Aunque Amalia cuenta con más espacios, eso no quiere decir que tenga mayor control de su vida, más bien, los espacios determinan el transcurso de la historia, el campo, la botica y el hospital de San Esteban como inicio del romance idílico y la Facultad de Medicina, la farmacia, el laboratorio y el departamento la realidad trágica a la que deben de enfrentarse en la Ciudad de México.


Con respecto a la vestimenta, Amalia porta prendas que distinguen los espacios en donde se encuentra: faldones, blusas bordadas, rebozos y sombreros de palma para el campo, falda larga, camisas, sacos, sombreros, todo en corte sastre (a excepción de un vestido de gala en un momento determinante dentro de la trama) para la ciudad. En ambos escenarios prevalece el uso de indumentaria médica, batas, cofias, cubrebocas, demostrando el predominio de la profesión dentro de la historia, ya que es básicamente por la medicina y encuentros previos en la Ciudad de México (de los cuales Francisco no tiene registro) que se conocen.


En una breve secuencia se resume el trabajo emprendido por Amalia y Fernando.
En una breve secuencia se resume el trabajo emprendido por Amalia y Fernando.

La vestimenta, la inversión de los roles esposa (mala) / amante (buena) dentro de la trama, tienen una correlación en el lenguaje, centrado en la imagen de Amalia. Desde su padrino, el Dr. Carrasco enunciando su carrera truncada por falta de recursos económicos y como dicha frase concentra la trama entre los protagonistas “las aspiraciones más queridas, son precisamente, las que nunca realizamos”.


Amalia está asociada con la luz, algo que varias personas mencionan con o sin su presencia, en contraste con Francisco que es presentado como un personaje cabizbajo, arrastrado por la culpa de las decisiones tomadas, ensombrecido. Hay una escena en donde el Profesor Alfaro (Domingo Soler) mentor de ambos cuestiona la actitud de Francisco y lo exhorta a terminar la relación señalando que Amalia puede “brillar con luz propia”. Esta relación de Amalia como la luz en entornos predominantemente masculinos, se ve reflejado también en su vestimenta que es blanca cuando se encuentra en San Esteban y se oscurece a su llegada a la Ciudad de México.


La transformación de Amalia a través de su vestimenta.
La transformación de Amalia a través de su vestimenta.

Con respecto al lenguaje empleado y los roles de género, es interesante como existen figuras dominantes femeninas y masculinas. Lucila domina a Francisco a través de su estatus socioeconómico y la serie de intrigas que va construyendo para retenerlo a través de un matrimonio celebrado en su lecho de muerte (tras ingerir una dosis de pastillas que no la ponen en peligro) y ante la presión del padre de Lucila, el Sr. Castillo (Julio Villareal) y luego con poner al hijo de ambos en su contra. En ese sentido, Francisco comparte con los personajes masculinos de ¡Arriba las mujeres! una infantilización ocasionando que otros personajes especialmente Amalia lo trate no solo con amor, sino justifique varios de sus actos, en ese sentido Francisco domina a Amalia.


Lucila termina imponiendo su autoridad a las dos figuras masculinas más importantes de su vida, su padre y esposo. Imagen provenientes del expediente A-01724 del Centro de Documentación de la Cineteca Nacional.
Lucila termina imponiendo su autoridad a las dos figuras masculinas más importantes de su vida, su padre y esposo. Imagen provenientes del expediente A-01724 del Centro de Documentación de la Cineteca Nacional.

Amalia se encuentra a lo largo de la película rodeada de personajes masculinos que de alguna manera ejercen alguna clase de dominación: Desde su padrino el Dr. Carrasco y el alcoholismo que no le permite realizar sus funciones como médico de San Esteban, Carlos y la promesa de matrimonio que pesa en ella y los consejos del Dr. Alfaro de terminar sus relaciones con Francisco. Al igual que Francisco y su infantilización, con Amalia se replica la imagen de la mujer que debe de ser protegida, al ser huérfana, los hombres que la rodean cumplen una función de padres sustitutos.



Este estado de indefensión en los protagonistas, permite que los espectadores empaticen con los personajes y su causa, como ellos lo mencionan a lo largo de la trama el “derecho a ser felices”, víctimas de las circunstancias, son arrojados a la única alternativa que tienen: el concubinato.


La casa chica, no solo presenta al único personaje profesionalizado en la filmografía de Dolores del Río, también establece otro planteamiento respecto al concubinato, al no estigmatizar la imagen de la mujer, donde el que carga con la culpa es el personaje masculino y sin bien existe un juicio moral respecto al personaje femenino, este se origina desde la perspectiva de la protagonista, su entorno (más allá de Lucila) no la condena.


Amalia recibe su título en especialidad en Ciencias Biológicas con el grado de Doctor y Mención Honorífica de manos del Dr. Alfaro.
Amalia recibe su título en especialidad en Ciencias Biológicas con el grado de Doctor y Mención Honorífica de manos del Dr. Alfaro.

Esta no condena de los personajes femeninos que “pecan” también se extiende al personaje de Nelly Gutiérrez (María Douglas) una vecina de Amalia que al igual que ella, se encuentra viviendo en una casa chica y queda embarazada. Nelly busca la interrupción del embarazo y por ello recurre a Amalia, la cual se niega al argumentar el principio de “moral profesional”. Si bien Nelly supone que Amalia y Francisco son esposos, Amalia se ve reflejada en Nelly y la situación de desesperación en la que se encuentra y no le brinda la ayuda que necesita, pero más adelante la atenderá cuando la interrupción de embarazo a la que se somete Nelly no sale de la mejor manera.


La interrupción del embarazo fue un tema que se abordo de manera un tanto velada en la época de oro del cine mexicano.
La interrupción del embarazo fue un tema que se abordo de manera un tanto velada en la época de oro del cine mexicano.

Esta muestra de lo que ahora podríamos considerar como sonoridad tampoco es usual en el cine mexicano de los años cuarenta, en el melodrama, al encontrarse dos figuras femeninas generalmente es con el propósito de la confrontación, el compañerismo femenino pocas veces aparece básicamente porque los personajes femeninos están rodeadas de otros personajes de los que dependen, generalmente la familia, los personajes femeninos no tienen espacio para la creación de vínculos fuera del hogar, no hay oportunidad de hacer amigas.


Amalia y Lucila se encuentran por única ocasión en la inauguración de la exposición "Homenaje Nacional a Diego Rivera: 50 años de labor artística" en el Palacio de Bellas Artes.
Amalia y Lucila se encuentran por única ocasión en la inauguración de la exposición "Homenaje Nacional a Diego Rivera: 50 años de labor artística" en el Palacio de Bellas Artes.

Si bien Amalia y Nelly no llegan a estrechar un vínculo para considerarlas amigas, Nelly retribuye la ayuda que le brinda Amalia, al momento de que esta busca no encontrarse con Francisco y permite que permanezca unos minutos en su departamento.


Pese a que La casa chica muestra una representación inusual respecto a la imagen de la amante, no escapa de la carga moral de la época y el influjo de la religión. Con una voz en off femenina que funge como narradora a lo largo de toda la película, describiendo especialmente el sentir de Amalia y con esa voz en off inicia y termina la película enunciando la soledad a la que está sujeta. En ese sentido, el personaje de Amalia cumple con lo establecido en el melodrama y en la mayoría de los personajes que interpreto Dolores del Río, pagar con sufrimiento su “pecado”, el buscar la felicidad.



 
 
 

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