top of page

Rodríguez Lozano. 55 años del adiós

Los últimos años de su vida Manuel Rodríguez Lozano fue como un barco que se desliza sereno sobre el mar. La embarcación va sobre la que es la clave de su éxito y que es, a la vez, la de su potencial tragedia. La base sobre la que flota está protegida bajo el agua, pero a la vez vulnerable. Está de cara a una profundidad oscura e ignota que puede contener el pincho que la partirá en dos antes de engullirlo todo.

 

Rodríguez Lozano flotaba sereno entre el silencio, la inactividad pictórica y las ocasionales entrevistas en que desataba su tempestuosa enunciación sobre el arte y los artistas. Ese pasado de torbellinos, enemistades, escándalos y pleitos era el pincho latente, uno potenciado por su cada vez mayor edad y menor salud.

 

Elegante y bien vestido, él mismo era un eco del pasado. Uno de los pocos que permanecían de aquel momento en que el arte y la cultura habían sido protagonistas indiscutibles de la transmutación nacional que los gobiernos emanados de la revolución dijeron liderar.


Manuel Rodríguez Lozano fotografiado por Lola Álvarez Bravo.
Manuel Rodríguez Lozano fotografiado por Lola Álvarez Bravo.

 

Había dejado los pinceles en 1958 pero una década después tuvo una exposición retrospectiva como parte de la Olimpiada cultural, en la Galería Excélsior (Reforma no. 18). Sobre esta Alaíde Foppa escribió:

 

Siempre se pregunta uno qué hay detrás de un suicidio, de un divorcio, de un abandono. Manuel Rodríguez Lozano dejó la pintura hace cerca de diez años, en plena creatividad. ¿Quién abandonó a quién? ¿Por qué el suicidio? Y, en el terreno de las conjeturas ¿cómo sería hoy la pintura de Rodríguez Lozano, si ese divorcio no se hubiera producido?

 

Resulta interesante el símil elegido por la reportera, escritora y poeta. La vida de Rodríguez Lozano y, más puntualmente, su reputación estaba marcada precisamente por abandonos y desencuentros que llevaron tanto a un divorcio como a dos muy comentados suicidios. ¿Qué habrá pensado el artista al respecto? Tenía para entonces casi 77 años, una leyenda negra —con expediente carcelario incluido— lo precedía y su mundo hacía mucho que estaba en agonía. Ese México del que buscó su alma y esencia para plasmarla en cartones y telas era apenas un recuerdo, ¿valía la pena recordar a ese que había sido para encarnarlo de nuevo y pelear otra vez? ¿O acaso era mejor mantenerse, por una vez, en silencio? Mátalos con indiferencia antes de que ellos te maten a ti.

 

Los reportes de su muerte lo señalan como asiduo a un café en avenida Reforma, muy cercano al diario Excélsior. Era un anciano de interesante y meditativo silencio. Pero ¿meditaba? Quizá observaba a los transeúntes de ese nuevo momento que se veía forzado a atestiguar. Los jóvenes tenían distinto andar y otro modo de vestir, pero las mismas geografías corporales a aprisionar con sus ojos de pintor. Fulgor de una mirada acostumbrada a avasallar. Otro recuerdo añejo… lejanos los días de su deslumbrante guapura que, se insistía, le había convertido en imán para bellas mujeres ¿Solo para ellas? Las numerosas y monótonas tardes de café le espetaban la respuesta: ya no atraía a nadie. Otro pinchazo a la barriga del barco. Cercano el naufragio definitivo.

 

En diciembre de 1970 —tres meses antes de su muerte el 27 de marzo de 1971— recibió en su casa a Rodolfo Rojas Zea, del Excélsior, y desató tempestades de otros días: el muralismo mexicano había sustituido a lo mexicano por “inditas regordetas con alcatraces para turistas”. Él, en cambio, había conseguido “llegar al corazón de mi pueblo”. Un conocimiento alcanzado, sin duda y sin reserva, a su paso por la cárcel entre 1941 y 1942. Ahí se encontró y comulgó verdaderamente con el pueblo verdadero. “El pintor que no es la voz viva de su pueblo, no es el gran pintor, éste canta, injuria y llora poéticamente con su pueblo”.

 

Pero ¿qué tanta similitud había entre el pueblo que el pintor conoció a inicio de 1940 bajo la vigilancia del panóptico de Lecumberri, y el que entraba con él en la séptima década del siglo XX? Había cambiado él, su faz (¡Qué tragedia!) y su obra (¡Gran desarrollo!), pero no sus convicciones. ¿Mantenía las suyas ese pueblo mexicano que clamaba como suyo? ¿Qué tanto habían mudado su aspecto y su hacer esos tipos mexicanos que había pintado en la década de 1920?

 

Rodríguez Lozano salió al mundo en su juventud y el mundo vino a él, en 1968, cuando estaba por culminar su último acto. Expuso su obra en ese momento cosmopolita, pero ¿qué se obtuvo? Apenas dos años después José Luis Cuevas decía que él, que Rodríguez Lozano era una figura menor, olvidada, del arte mexicano. ¡Menor! ¿Cómo se atrevía?

 

Había sido y dado mucho. ¡Era mucho! Pero tenía tan poco tiempo…

 

Diciembre de 1970 fue un vaivén constante entre médicos, consultorios y clínicas. Se rehusaba a internarse. ¿Qué de bueno podría resultar si aceptaba quedarse ahí? Prefería mantenerse en casa, tenía quien lo cuidara y, aunque con dificultad, podía caminar de nuevo. Sus talones habían cedido a la hinchazón. Tenía también algo de lucidez para dictar una carta a uno de sus últimos amigos: Rodolfo Usigli. Este, en Oslo, leyó una última carta:

 

A ud. Que lo considero un amigo sin par, sabiendo que me estoy muriendo no me ha escrito ni una palabra ni nada. Como todo está loco no puedo pensar ni queriendo que mi mejor amigo y uno d ellos que más quiero, cambiara.

 

Pero el diálogo quedó inconcluso. Unas semanas después cedió el corazón, pinchazo definitivo al barco que flotaba a duras penas. Hundido en el fondo de un olvido parcial y una soledad casi completa.

 

En Excélsior, ese aliado de otro tiempo, se reportó:

 

El doctor Federico Marín, amigo del artista, comentó ayer que Rodríguez Lozano sintió antes de morir “una última tristeza”: no alcanzar a ver el arribo a México de su gran amigo el dramaturgo Rodolfo Usigli, quien regresa en barco procedente de Estocolmo.

 

Se repitió la historia: Rodríguez Lozano embarcado rumbo a Europa, a inicio de la década de 1930, y el cadáver de Antonieta Rivas Mercado ya inhumado cuando por fin llegó a París.

 

Navíos parsimoniosos que no alcanzaron a entregar la esperanza y el consuelo que llevan entre su cargamento.


La piedad en el desierto se expone ahora en el Museo del Palacio de Bellas Artes.
La piedad en el desierto se expone ahora en el Museo del Palacio de Bellas Artes.

 

Al sepelio, se reportó también en Excélsior, acudieron Siqueiros y Nefero, el pintor Carlos Orozco Romero, Alí Chumacero, Berta y Gloria Taracena, Modesto Barrios y Carlos Arellano Fisher. Una magra comitiva para ese que dijo haber encontrado el pulso de lo nacional, para el único pintor que llevó el arte al rincón más alejado y proscrito: el pabellón de tuberculosos de Lecumberri. Los ahí internados, purgando una condena y condenados por su cuerpo, se transformaron en querubines para una virgen que cambió el manto por rebozo y la divinidad por mexicanidad.


Pueblo y artista descansan ahora en la misma oscuridad, en la misma profundidad.


Que se eleve la plegaria —por Manuel, por los presos— que compuso Agustín Lara: "Piedad para el que sufre, piedad para el que llora. Un poco de calor en nuestras vidas y una poca de luz en nuestra aurora".


La piedad en el desierto en su entorno original: el pabellón de tuberculosos de Lecumberri.
La piedad en el desierto en su entorno original: el pabellón de tuberculosos de Lecumberri.

Comentarios


bottom of page