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El arte de hacer antesala

Actualizado: 20 ene

En su texto teatral titulado La última puerta, Rodolfo Usigli decidió indagar en una de las creaciones indirectas de la Revolución mexicana: la antesala. Por supuesto no en el espacio físico llamado así sino en lo que este posibilita y su repercusión simbólica. Hacer antesala, escribió el dramaturgo en 1961, es “un mundo particular”. El autor se refirió en ese momento, y en la obra teatral, a la antesala que se hacía/hace como preludio a ver, hablar, pedir o simplemente estrechar la mano del poderoso. Funcionario gubernamental durante varios periodos y en muy distintas circunstancias, atestiguó el ejercicio de antesala durante el Cardenismo y años después, en sus encargos diplomáticos fue él mismo el sujeto anhelado del hacer antesala de otros.


Quizá con los años esto se ha modificado en las oficinas gubernamentales, sin embargo, tal ejercicio sigue muy vivo y muy bien en las oficinas de otra creación revolucionaria: el IMSS.


Las Unidades de Medicina Familiar mantienen, desde la década de 1940, vigente el hacer antesala para estar ante esa única autoridad con la que todo mundo quiere estar en buenos términos, su doctor.


Seguramente cuando el IMSS comenzó a operar durante el sexenio de Manuel Ávila Camacho, eran menores los tiempos de espera en las antesalas de los consultorios. Sin embargo, hoy se trata del lugar en el que miles de personas todos los días pasan al menos tres o cuatro horas aguardando que, como en la obra teatral de Usigli, se abra la puerta y el fulgor de la bata blanca sea el preludio de su nombre. Una vez llegado ese momento, entre la incredulidad y el entumecimiento por los largos minutos pasados en una incómoda banca metálica, el paciente (nunca mejor dicho) se levanta con toda la celeridad que puede y avanza antes de que, por algún extraño designio, la puerta vuelva a cerrarse. Oh, tragedia si tal cosa sucediera: a comenzar de nuevo la antesala.


Si el turno asignado es el matutino las consultas inician a las ocho de la mañana, pero hay que llegar al menos dos horas antes para tener la posibilidad de obtener una de las codiciadas cuatro fichas diarias. Si el turno es el vespertino las puertas comenzarán a abrirse a las dos de la tarde, pero hay quienes llegan a las diez de la mañana para hacer antesala por cuatro horas antes de que inicie el incierto lapso de su segunda espera.


Entre el ocasional llanto de niños, las pláticas entre señoras que acaban de elegir a su nueva mejor amiga para las siguientes horas, los ancianos solos que atestiguan cuánto y cuán poco ha cambiado el estar ahí y los personajes de edad incierta que ven videos en Facebook, sin audífonos y a todo volumen, se posa un minuto sobre otro con la vista fija en la puerta marcada con el consultorio asignado… sea el 1, el 4, el 5, el 9 o el 13, para alguien (para muchos durante el día), se trata de la última puerta usigliana que encierra, si no la solución, al menos el final de la antesala.


La obra teatral fue dedicada a Xavier Villaurrutia y calificada por su autor como una farsa impolítica basada en sus propias experiencias pues, dijo, “como buen mexicano, yo he hecho muchas antesalas, fructuosas e infructuosas”.[1] Uno de los diálogos es elocuente sobre la sensación de hacer antesala:

 

“¿Ha sentido usted el disgusto de sentirse flotando sobre un abismo, a merced del capricho de un mozo, del destino que le ha dado por inicial la letra más lejana del alfabeto; ha tenido usted que esperar de pie […] Ha probado usted la ingenua tranquilidad de ver abrirse al fin esa primera puerta, y el desencanto de que una segunda no la mantuviera en el sueño de esperar, y luego, la sorpresa de ver que una tercera puerta se resiste. Y todo esto ha transformado su vida, le ha dado sentidos cardinales y extraños, colocándola sobre el sur del sueño a igual distancia del occidente de desear, del oriente de esperar y del norte de alcanzar?”.

 

En la obra un joven innominado hace esa confesión/pregunta a una joven cuyo nombre también se ignora. Ambos esperan a un ministro del que solo conocerán su voz como confirmación y recordatorio de que los puntos cardinales se trastocan irremediablemente al hacer antesala.


Cuando se trata del IMSS no se está a merced del capricho de un mozo, pero, sin duda, el proceso es tan veleidoso como caprichoso y no son mozos sino secretarias y practicantes quienes salen (o no) de detrás de las puertas (últimas y primeras) a dar la buena noticia en que se convierte el escuchar el propio nombre seguido de un “pase”.


No he sido yo a quien llaman, pero durante las últimas semanas he sido comparsa de la antesala de alguien más en el IMSS. Horas y horas de espera con la esperanza de que la puerta se abra, se diga el nombre y se autorice la incapacidad.


La sala de espera simple y fría, poblada de anuncios y letreros con faltas de ortografía, hace contraste con la oficina de Salud en el Trabajo, pues, vetusta y atiborrada de expedientes y carpetas, contiene una reproducción litográfica de un fragmento del mural Por una Seguridad Social Completa y para Todos los Mexicanos, pintado entre 1951 y 1954 por David Alfaro Siqueiros en el Centro Médico Nacional “La Raza” de la Ciudad de México. En ese espacio —resguardado por LA última puerta cuando se trata de calificar un accidente como riesgo de trabajo— presidido por la marcha de los trabajadores, se define, mediante un simple o no, el porcentaje (100 o 60) con que el trabajador/paciente/antesalente será restituido.


Detalle de Por una seguridad social completa y para todos los mexicanos, mural de David Alfaro Siqueiros.
Detalle de Por una seguridad social completa y para todos los mexicanos, mural de David Alfaro Siqueiros.

El obrero líder pintado por Siqueiros, sin camisa, pero con casco, jeans y botas (atuendo muy para bailar a lo Village People), es la representación de…

 

“La raza mexicana ideal, como producto de un mundo nuevo, basado en una alimentación mejor y en un mejor mestizaje […] Se inicia la marcha hacia la solución integral; al frente de esa marcha, naturalmente, camina el obrero industrial. En México lo es fundamentalmente el minero, pero no va solo, estrechamente unido a él va el intelectual. En ese caso el símbolo lo da el médico […] El obrero (clase obrera) que representa al futuro, lleva en su mano izquierda el suicht (sic) de la solución”.[2]

 

Tufo de eugenesia aparte, el deseo/predicción de Siqueiros no se cumplió. No hay switch mágico que solucione todo, menos aún la necesidad de la antesala para recibir atención médica. El único switch en la mano de los trabajadores que esperan durante horas a que se abra la puerta de su consultorio es el del celular que les hace más llevadera la forzosa permanencia en ese lugar que da mucho pero pide a cambio hasta el último gramo de paciencia.



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