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Carlos, Rolando, Armando, Henri…

Hoy hace 57 años que murió el actor Carlos Navarro. Cumple muerto una década más de lo que vivió: 47 años. Era un hombre alto y elegante, guapo, posiblemente culto, bilingüe al menos pues filmó una película en Hollywood (The Brave One, en 1956), ganador de un Ariel por su actuación en Doña Perfecta (1951) y, además, un hombre soltero.


Carlos Navarro Girón
Carlos Navarro Girón

Nació en la Ciudad de México en 1921 y ahí mismo murió tras dejar una huella imborrable en el teatro, el cine y la televisión. En la prensa se publicó que había estado internado durante un mes a causa de un tumor en la columna vertebral que se complicó con una insuficiencia hepática y la inflamación de un ganglio. Además, tenía anemia aguda.  


Vivía en la calle de Héroes ferrocarrileros y, según su acta de defunción, murió en el 122 de la calle Antonio Caso. Lo sepultaron al día siguiente en el Panteón Jardín a las 4 de la tarde. No hubo hijos que lo sobrevivieran ni esposa que lo llorara. En las notas periodísticas se insistió en que había consagrado su vida a la actuación: más de “30 años de carrera histriónica”, se publicó en El Informador.


Los silencios y las omisiones son, a veces, indicios de algo más. Los rumores apuntan a que Carlos habría sido un soltero empedernido. Implicación aparte del peculiar calificativo y de lo que implicaba en la época el serlo, decidió no casarse. La nota sobre su muerte, publicada el 16 de febrero de 1969, en el diario El Avance cerraba: “CARLOS NAVARRO nunca llegó a casarse, ya que se dedicaba de lleno a su trabajo”. ¿Habrá sido realmente por una consagración cuasimonacal a la actuación? ¿O será que estamos ante un miembro de la comunidad LGBTTTIQ aún por integrar? Quizá nunca lo sabremos con certeza. Lo que sí se puede referir es que una de sus muchas existencias cinematográficas abrazó sin dudas una identidad excéntrica:


En la adaptación de la novela La estrella vacía (1960) interpretó al modisto Rolando Vidal, personaje creado por Luis Spota como una suerte de sublimación entre Armando Valdés Peza y Henri de Chatillon, dos grandes figuras de la moda en México durante el siglo XX y, en específico, de la moda pensada para la gran pantalla.


En las páginas de Spota el personaje de Rolando Vidal es descrito como un hombre seductor, pero también amanerado. Para la época, 1950, era una manera amable de decir lo aún indecible, lo que todavía no era proclama y sí motivo de mofa, cuando no de violencia.


En uno de los primeros encuentros entre Rolando y Olga Lang, la protagonista de la novela habla, sin hablar, de eso…

 

“Durante media hora [Rolando] elogió sin medida su belleza, su elegancia, su espiritualidad. A Olga le agradaba aquel hombre amanerado y seductor. Era como a ella le gustaban los machos: alto, atlético, hermoso, con grandes ojos azules. Llegó a dudar […] que fueran ciertas todas las cosas que de él se contaban”.

 

Varias páginas más adelante, cuando entre Rolando y Olga ya existe no solo una relación de modisto y clienta sino de amistad y confidencia, la actriz lamenta de nuevo la imposibilidad de una unión en otra lid.

 

“Rolando iba elegantísimo, con su traje de etiqueta. Olía a lavanda y la afeitada piel de su rostro azuleaba. Ella volvió a lamentar que fuera tan amanerado”.

 

En cambio, el Rolando Vidal encarnado por Carlos Navarro no tiene rastro alguno del reiterado amaneramiento. Es simplemente un modisto, no hay necesidad de añadir más, con eso se entendía o se infería lo que no se podía decir si no era como broma pesada o como insulto. La adaptación al cine, realizada una década después de la publicación del libro, sí muestra el vínculo de amistad entre Rolando y Olga pero el primero es, además de elegantísimo, muy serio. Alto y guapo, pero de ojos oscuros, se convierte en el confidente de la protagonista. Quizá sea quien mejor la conoce. En un momento de la trama otro de los hombres en la vida de Olga le dice: “Creo que eres el único que la ha querido desinteresadamente”.  Se repite la acción al solo insinuar lo inenunciable y dejar que quien quisiera entender lo hiciera: el cariño del modisto es más elevado por el desinterés sexual para con Olga.


Rolando Vidal y Olga Lang de La estrella vacía (1960).
Rolando Vidal y Olga Lang de La estrella vacía (1960).
Armando Valdés Peza y María Félix.
Armando Valdés Peza y María Félix.

Modisto, ya se dijo, era casi un sinónimo de maricón, palabra muy de la época. Señalar el amaneramiento o afeminamiento era una suerte de arma arrojadiza que ya habían usado, varias décadas antes, muralistas como Diego Rivera cuando pintó a Novo y a Tablada en la Escuela Nacional Preparatoria, o José Clemente Orozco cuando dibujó a los rorros fachistas de la nave Italia.


Rivera, además, pintó a uno de los grandes modistas del momento: Henri de Chatillón, diseñador y sombrerero cuyas creaciones se pueden ver en la cinta Trotacalles (1951) estelarizada por Miroslava Stern. El retrato de De Chatillón hecho por Rivera es un gran ejemplo del amaneramiento. Se le ve frente al espejo probándose uno de sus sombreros, es decir, autoafeminándose sin reparo y sin problema. En cambio, el retrato doble que le hizo María Izquierdo lo muestra como un hombre elegante que cruza suavemente la pierna, pero lleva un sombrero que lo acerca, hasta cierto punto, a los hombres del campo.


Henri de Chatillón por Diego Rivera.
Henri de Chatillón por Diego Rivera.
Henri de Chatillón por María Izquierdo.
Henri de Chatillón por María Izquierdo.

Valdés Peza en cambio, fue casi un retratista por derecho propio. Las decenas de figurines que dibujó pensando en cómo vestir en la pantalla a Dolores del Río, Columba Domínguez, Gloria Marín, Irasema Dilián, Elsa Aguirre, Lilia Prado, Rebeca Iturbide, María Elena Marqués y, por supuesto, a María Félix, tienen un valor artístico por sí mismos.


La seriedad que Carlos Navarro imprimió en su Rolando Vidal da pie a reconocer una actitud que entre languidez y delicadeza le confiere cierto misterio. Es muy probable que para los homosexuales de cierto rango e influencia la demanda fuera esa: una imagen difusa basada en una formalidad mutable, a elección, en ambigüedad.


Que Rolando, Armando y Henri sigan fascinando por su seducción amanerada, que Carlos siga descansando en la eternidad.

 
 
 

1 comentario


Interesante artículo, como siempre con lo que escribe Ignacio.

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