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Frida y sus 50 shades of beige

Mi algoritmo de Instagram me odia. Ya sé que cada uno lo alimentamos, pero de verdad que las pautas de publicidad que me muestra no tienen nada que ver con lo que consumo. No tengo nada en contra de las frutinovelas, los perros que bailan y los rufianes sin camisa, pero ¿por qué me muestran hasta el cansancio a una colombiana que me quiere vender una franquicia IA para que me haga millonario? ¿O a cantantes de rap cristiano? Pero no paró ahí, lo peor fue cuando llegó una hibridación publicitaria inesperada: arte (o algo así) y desarrollos inmobiliarios.


Mi gusto e interés por Frida Kahlo no es un secreto. Con gusto he visto cómo se quedó atrás la muy rancia personalidad de odiarla como rasgo definitivo para presumir que “sabías de arte” y también que hace mucho se dejó de usar lo de la “Fridamanía” como concepto popular. Pero, a la par de esos cambios, se dio uno que en algún momento generó algo de ruido mediático e interés: la creación de la Frida Kahlo Corporation.


En 2007, cuando se acercaba el centenario de su nacimiento, en el número 79 de la revista Gatopardo se publicó un amplio reportaje, autoría de Laura Castellanos, en el que se informaba de la creación de la corporación. El empresario Carlos Dorado ya había lanzado un tequila con el nombre de la pintora y estaba por comenzar a comercializarse una serie de productos. El nombre Frida Kahlo ya era marca registrada, lo que facilitó todo el proceso. Casi han pasado veinte años y a la Barbie, los restaurantes, los Converse, la ropa, maquillaje y joyería ahora se han unido unos edificios de departamentos.


La muy maldirigida pauta publicitaria (buuu para mi algoritmo) en Instagram me sugirió adquirir una propiedad en las Frida Kahlo Wynwood Residences. Un conjunto de lujo ubicado en Miami, Florida. (Inserte meme: ¡¿Crees que somos ricos?!).



Uno de los copys de la publicidad promete vivir “la vida a través de la expresión”, y apunta: “Diseñadas por el mundialmente conocido Carlos Ott e inspiradas en el espíritu expresivo de Frida Kahlo, las residencias Frida Kahlo Wynwood se erigen como un hito escultórico donde convergen el arte refinado y la intención creativa”. Nada mejor para evidenciar la creatividad que un retrato hecho con IA en el que le subieron los pómulos, le pusieron filler en el labio superior y le separaron la ceja.



En la página web del desarrollo inmobiliario se indica que el diseño del edificio “se inspira en la fuerza y el espíritu inconfundibles de Frida”. Sin embargo, todas las imágenes disponibles apuntan más a que piensan comprar el Cloud Dancer, Pantone de 2026, cuando lo pongan en remate.


En general las líneas son curvas, con lo que se supone que el arquitecto intentó darle una intención escultórica tanto a los exteriores e interiores del edificio, como al mobiliario que se muestra en los renders. Pero es que todo se siente calculadamente antiséptico, muy en la vibra del pretendido old money y el clean look. Nada está más lejos de la “fuerza y el espíritu inconfundibles” (?) de la pintora que un minimalismo pretencioso e insostenible en la cotidianidad de alguien que no cuente con un ejército de ayuda doméstica encargado de mantener los cincuenta tonos de beige que cubren de piso a techo todos los futuros estudios y departamentos, y tapizan todo el mobiliario.



Ah, pero que no se piense que hubo temor a usar el color. Esa vastísima paleta que utilizó Frida Kahlo en sus autorretratos para pintarse con ropa del istmo, acompañada de monos, perros y aves el paraíso o tocada por listones y flores. No, no, esa enorme variedad está integrada, pero, como se insiste en toda la publicidad de las residencias, de modo "elevado”. Entre las 50 shades of beige se puede encontrar el verde de una hoja de monstera en el baño. Un salmón muy mono en el tapiz de un cojín sobre uno de los sillones y un verde, otra vez, en una planta artificial sobre el comedor.




Claramente el ambiente ideado por estos genios del diseño y la traducción del arte hace gala de lo que prometen entregar: “Un hogar con alma”. Nada más animado que un cruce entre spa, hotel y hospital.



Más allá de que tal despliegue de minimalismo incoloro es una burla para la caótica y colorida cotidianidad que la Casa Azul permite imaginar, me resulta inaudito y hasta absurdo —quizá por la falta de los millones de dólares que mi algoritmo no tomó en cuenta— que exista un edificio de departamentos con un nombre y firma cuya transformación en marca registrada nada tiene que ver con el “espíritu” de esa que así firmó y se llamó.


No es necesario caer en esencialismos artísticos, pero sí resulta ineludible cuestionar —a la par de la posible transformación de la Colección Gelman en Colección Santander en la que se encuentran varias piezas de Frida Kahlo—, la necesidad de monetizar, bajo el pretexto de cuidar, la imagen y el legado de una pintora que, además de ser un icono mundial, ya está protegida por ley.



No es algo desconocido que la lógica actual del mercado del arte se rige por un capitalismo que raya en lo gore. Fran Lebowitz dijo en Pretend it’s a city que en las subastas el aplauso resuena cuando cae el martillo y se dice la cifra alcanzada, pero que debería aplaudirse cuando se muestra la obra por la que será la puja.


Hace mucho que pasó el siglo XIX, ya no debería haber artistas malditos viviendo de ajenjo y frijoles. Su producción debe asegurarles un medio de vida, pero ¿ese arte debería convertirse en alcancía y juguetito para los herederos?



Se supone que las herederas de Frida Kahlo se decidieron a registrar el nombre y firma de la tía por todos los productos de mala calidad que la Fridamanía generaba a inicio del siglo XXI, solo para encontrarnos con que ahora la corporación fridamaniática usa inteligencia artificial para hacer pasar como producto “original” a cualquier figura cejijunta con flores en la cabeza.


Que Frida es un commodity no lo podemos cambiar, lo que sí podemos elegir es el lugar de su consumo primigenio: la sala del museo.

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