Recintos culturales en tiempos de miedo: cuando el acceso se vuelve un privilegio
- Miroslava Martinez
- hace 2 días
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Hay una idea que repetimos con facilidad: la cultura está ahí, disponible. Museos, teatros, conciertos, festivales, plazas. Como si el acceso fuera una puerta abierta para todas las personas, en todo momento, en cualquier lugar.
Pero en México esa puerta, muchas veces, se abre con condiciones. Y una de las más duras es la violencia.
Empecemos por lo básico: la cultura también es economía. En 2024, el sector cultural aportó 865,682 millones de pesos al PIB y representó 2.8% de la economía nacional, de acuerdo con la Cuenta Satélite de la Cultura de México del INEGI.
Y no se trata solo de dinero: también significa trabajo. En 2024, las actividades culturales generaron 1,430,528 puestos de trabajo, equivalentes a 3.5% del total nacional.
Ahora bien, cuando hablamos de “cultura”, no hablamos de una sola cosa. La Cuenta Satélite muestra que hay áreas que aportan más al PIB cultural (por ejemplo, artesanías y contenidos digitales e internet).
Pero hay un tipo de cultura que me interesa subrayar hoy: la que necesita que salgamos de casa. La que ocurre en espacios compartidos. La que depende de recintos, horarios, trayectos y vida pública.
Porque ahí aparece la pregunta difícil: ¿qué pasa con el acceso cuando el territorio se vuelve hostil?
INEGI también mide algo que, aunque no mencione “museos” en específico, es clave para entender el problema: cómo cambia la vida cotidiana por miedo. La ENVIPE reporta que, en 2024, una parte muy grande de la población dejó de hacer actividades por temor a ser víctima de un delito; entre las más frecuentes estuvieron salir de noche y permitir que menores salieran solos. Esa misma información menciona que 23 de cada 100 personas reporto que dejo de ir al cine o al tetro por la misma razón.
Dicho en claro: si el miedo redefine lo cotidiano, también redefine lo cultural. Porque una salida al teatro, un concierto o un festival —sobre todo cuando implica trayectos nocturnos— no ocurre en el vacío. Ocurre dentro de ese mismo mapa emocional y urbano.
Y aun así, la cultura insiste. El MODECULT 2024 (otra medición del INEGI) muestra que 52.5% de la población adulta en ciudades de 100 mil habitantes y más asistió, al menos una vez en el último año, a algún evento cultural seleccionado (teatro, música en vivo, danza, exposiciones o cine).
Ese dato es importante: nos dice que hay interés y hay asistencia. Pero también nos deja ver algo más: asistir no depende solo de “gustar” o “tener tiempo”. Depende de condiciones.
Y cuando la inseguridad entra en la ecuación, los costos no son solo personales; también se vuelven económicos.
La Encuesta Nacional de Victimización de Empresas (ENVE) estima que, en 2023, el costo total de la inseguridad y el delito para las unidades económicas fue de 124.3 mil millones de pesos y que, además, se gastaron 67.2 mil millones en medidas preventivas.
En ese universo están también actividades culturales y de entretenimiento: espacios que recortan horarios, incrementan gastos de seguridad, cancelan funciones o pierden público cuando el entorno se complica. La ENVE incluso aclara que su medición no incluye impactos indirectos como reducción de horarios o cancelación de inversiones, que son precisamente parte del problema para muchos recintos.
Por eso me preocupa algo: tenemos datos sobre cultura. Tenemos datos sobre violencia. Tenemos datos sobre costos económicos del delito. Pero todavía nos falta una conversación pública más directa sobre el cruce entre estas cosas, porque ese cruce define quién puede acceder y quién no.
Cuando el acceso a un recinto cultural depende de sentirse seguro en el trayecto, cuando la vida nocturna se restringe por miedo o cuando un espacio requiere gastos adicionales para operar, la cultura deja de ser un derecho ejercible en igualdad de condiciones y empieza a parecerse a un privilegio. No porque la cultura “no esté”, sino porque el contexto la vuelve inaccesible para demasiadas personas.
Y ahí es donde vuelvo a mi punto de partida...
¡Porque lo vale, hablemos de cultura!

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