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El mito de las artesanías que: "NO aportan"

Durante años hemos repetido casi sin cuestionarlo que las artesanías son “bonitas”, “tradicionales”… pero poco relevantes en términos económicos. Como si fueran un recuerdo más que una actividad productiva.


Pero los datos cuentan otra historia.


En un contexto donde el consumo cultural ha cambiado —y donde incluso pareciera que el interés disminuye— hay un sector que no solo resiste, sino que sostiene una parte fundamental de la economía cultural: las artesanías.


Y no es menor.


De acuerdo con las cifras más recientes, las artesanías no solo forman parte del ecosistema cultural: son el área que más aporta al PIB cultural en México. Sí, por encima de sectores que solemos asociar más fácilmente con “industria”, como los contenidos digitales o los medios audiovisuales.

El dato sorprende, pero también incomoda.


Porque rompe con la idea de que lo artesanal es pequeño, marginal o poco rentable. En realidad, hablamos de una actividad que genera más de 158 mil millones de pesos, posicionándose como el rubro más fuerte dentro de las diez grandes áreas culturales.


Pero hay algo aún más revelador que los números.


Las artesanías no están lejos de nosotros. No viven únicamente en ferias o mercados turísticos.Están en nuestra vida diaria, mucho más de lo que solemos reconocer.


Están en los aretes que usamos sin preguntarnos quién los hizo.En los bolsos tejidos que acompañan nuestra rutina.En el molcajete de la cocina que sigue siendo insustituible.En los utensilios de madera que usamos todos los días.En una guayabera, en un rebozo, en los textiles que vestimos o regalamos.


Las artesanías no son excepción: son cotidianidad.


Y, sin embargo, rara vez las pensamos como parte de la economía.Las consumimos, las usamos, las integramos a nuestra vida… pero no las nombramos como lo que son: trabajo, producción, conocimiento.


Ahí está otra parte del problema.


Porque al no verlas, también las subestimamos.


Dentro del propio sector artesanal, además, la diversidad es enorme: desde alimentos y dulces típicos, hasta textiles, madera, cerámica o joyería. Incluso el comercio de artesanías representa una de las mayores aportaciones dentro del rubro. Es decir, no solo se produce: también se mueve, se vende, circula.


Y hay un dato clave que cambia la conversación:


Las artesanías son también el sector cultural que más empleo genera, concentrando alrededor del 30% de los puestos de trabajo culturales.


Entonces, si los números son tan contundentes —y además están tan presentes en nuestra vida diaria—, ¿por qué seguimos pensando que las artesanías “no aportan”?

Tal vez porque su valor no siempre se mide en los términos tradicionales.Porque muchas veces ocurren fuera de los grandes circuitos industriales.O porque están profundamente vinculadas a lo comunitario, a lo local, a lo cotidiano… y eso, históricamente, se ha subestimado.


Pero también hay una tensión importante.


Mientras su peso económico es alto, las condiciones de quienes las producen no siempre reflejan ese valor. A esto se suma una tendencia preocupante: cada vez hay menos personas dedicándose a estos oficios, en parte por la falta de incentivos, reconocimiento y continuidad generacional.

Es decir, estamos frente a una paradoja:uno de los sectores culturales más importantes del país… y al mismo tiempo, uno de los más invisibilizados.


Por eso, hablar de artesanías no es solo hablar de tradición.Es hablar de economía, de empleo, de territorio… y de lo que usamos todos los días sin detenernos a pensar de dónde viene.


Revalorar las artesanías no implica romantizarlas, sino entenderlas en su justa dimensión: como una actividad viva, dinámica y central para la cultura en México.

Y quizá, el primer paso sea ese:mirar con más atención lo cotidiano.


Porque tal vez, sin darnos cuenta, convivimos todos los días con aquello que sostiene una de las partes más importantes de nuestra economía cultural.


Recuerdn... Porque lo vale Hablemos Cultura

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