La cultura también produce: lo que dicen (y esconden) las cifras
- Miroslava Martinez
- 30 ene
- 2 Min. de lectura
Durante mucho tiempo, la cultura ha sido colocada en el terreno de lo simbólico, de lo vocacional o incluso de lo accesorio. Se le reconoce por su valor identitario, educativo o expresivo, pero rara vez se le mira desde su dimensión económica.
Sin embargo, la cultura también produce, genera ingresos y estructura territorios. Las cifras, aunque no siempre formen parte de la conversación cotidiana, cuentan una historia distinta. Para entenderla, es importante partir de cómo se mide.
En México, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) desarrolló una clasificación que agrupa la actividad cultural en 10 áreas generales, utilizada en la Cuenta Satélite de la Cultura de México. Esta herramienta permite observar a la cultura no solo como expresión simbólica, sino como un conjunto de actividades que participan de la economía del país. Cuando se observan los datos del Producto Interno Bruto cultural bajo esta clasificación, aparece una realidad que suele pasar desapercibida.
La cultura no es un bloque uniforme, sino un conjunto diverso de actividades con comportamientos muy distintos. Hablar de “la cultura” en singular suele ocultar esta diversidad.

Las cifras muestran que áreas como las artesanías, los contenidos digitales e internet y los medios audiovisuales concentran una parte muy importante del PIB cultural. Este dato es revelador porque rompe con dos ideas comunes; primero, que las expresiones culturales tradicionales pertenecen únicamente al pasado y segundo que las vinculadas a lo digital son solo entretenimiento. En ambos casos, los datos muestran que se trata de actividades que producen valor y sostienen una parte relevante de la economía cultural.

Esta diversidad también ayuda a entender por qué no todas las actividades culturales enfrentan los mismos retos ni funcionan de la misma manera. Mientras algunos sectores logran insertarse en mercados amplios o aprovechar herramientas tecnológicas, otros dependen de circuitos locales, del turismo o de la transmisión de saberes.
Pensar la cultura como si todas sus expresiones operaran bajo una sola lógica simplifica en exceso una realidad mucho más compleja. Mirar la cultura desde esta perspectiva implica un cambio importante. No se trata solo de reconocer su valor simbólico, sino de asumir que forma parte del entramado económico del país y que su peso varía según el tipo de actividad y el contexto en el que se desarrolla.
Esta mirada permite entender mejor por qué algunas áreas crecen, otras se estancan y muchas sobreviven en condiciones frágiles. Hablar de cultura como sector económico no significa reducirla a números ni subordinarla al mercado. Significa, más bien, tomarla en serio.
Reconocer que produce valor y genera empleo obliga a repensar cómo se mide, cómo se financia y cómo se gestiona. También implica dejar atrás la idea de que la cultura es un lujo o un pasatiempo, para entenderla como una parte fundamental de la vida económica y social del país.
¡Porque lo vale, hablemos de cultura! Gracias por leer hasta aquí.
Soy Miroslava Martínez, economista y divulgadora. Desde 2014 trabajo con estadísticas culturales y hoy, a través de Culturamía, busco acercar estos datos a más personas para pensar la cultura no solo como expresión simbólica, sino también como un sector económico con capacidad de transformar realidades sociales

¡Por supuesto! La cultura debe ser vista desde la dimensión económica, redignificando los sueldos, inversión, derechos y accesibilidad. Enhorabuena por esta nueva colaboración.