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PIB Cultural en el mundo

28 sept
8 min de lectura


Durante mucho tiempo, hablar de cultura desde la economía parecía una tarea complicada. No porque las actividades culturales no generaran valor, sino porque muchas de ellas se encontraban dispersas entre distintas ramas económicas.


Un libro podía aparecer relacionado con la industria editorial; una película, con los servicios audiovisuales; una pieza de joyería artesanal, con las manufacturas; y una función de teatro, con los servicios artísticos.


La cultura estaba presente, pero no siempre era visible como un sector en su conjunto.

Por eso son importantes las cuentas satélite de cultura.


Estas herramientas estadísticas permiten identificar y dimensionar las actividades económicas relacionadas con la cultura que, de otro modo, podrían quedar diluidas dentro de las clasificaciones tradicionales.


En México, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, INEGI, desarrolla la Cuenta Satélite de la Cultura de México, que permite conocer cuánto aporta el sector cultural a la economía, qué actividades lo integran y cuántos puestos de trabajo genera.


Y aquí es donde los datos comienzan a contarnos una historia que vale la pena mirar con atención.


De acuerdo precusamente con los resultados de la Cuenta Satélite de la Cultura de México correspondientes a 2024, el sector de la cultura generó 865 mil 682 millones de pesos, equivalentes al 2.8 % del PIB nacional.


Dicho de otra manera: de cada 100 pesos generados por la economía mexicana, aproximadamente 2.80 pesos correspondieron al sector cultural, de acuerdo con la delimitación estadística utilizada por el INEGI.


¿Es mucho o es poco?

La respuesta depende de qué estemos comparando, qué actividades incluya cada medición y qué preguntas queramos responder.


Pero hay algo que sí podemos afirmar: la cultura tiene una dimensión económica que puede medirse y analizarse.


Y esa medición permite dejar atrás una idea que todavía aparece con frecuencia en las conversaciones públicas: que la cultura es exclusivamente un gasto.


La cultura también produce bienes y servicios, genera ingresos, crea empleos y moviliza recursos.


Ahora bien, eso no significa que su valor se agote en el dinero que genera.


Una biblioteca, por ejemplo, puede contribuir a la formación educativa; un museo puede preservar el patrimonio; una obra de teatro puede abordar problemas sociales; y una festividad puede fortalecer los vínculos de una comunidad.


Buena parte de esos beneficios no se reflejan directamente en el PIB.

Por eso, medir la cultura desde la economía no significa reducirla a una cifra.


Significa contar con una herramienta para comprender una de sus dimensiones.


Y esa dimensión importa, especialmente cuando se discuten presupuestos, inversiones, condiciones laborales y políticas culturales.



Uno de los aspectos más interesantes de las cuentas satélite es que no presentan a la cultura como una actividad homogénea.


No existe una sola forma de producir cultura.


Hay sectores con estructuras productivas, mercados, modelos de negocio y necesidades muy diferentes.


En los resultados de 2024, las actividades que destacaron por su participación en el PIB del sector cultural fueron:

  • Artesanías: 18.4 %.

  • Contenidos digitales e internet: 18.1 %.

  • Medios audiovisuales: 17.2 %.

  • Diseño y servicios creativos: 14.5 %.


Estos porcentajes permiten observar cómo se distribuye la actividad económica cultural entre distintas áreas.


Y aquí hay algo muy importante: cuando decimos que las artesanías representan el 18.4 % del PIB cultural, no estamos afirmando que aporten ese porcentaje al PIB de toda la economía mexicana.


Estamos hablando de su participación dentro del conjunto de actividades que integran el sector cultural.


La diferencia puede parecer pequeña, pero es fundamental para interpretar correctamente las estadísticas.


Además, cada una de esas actividades tiene una realidad distinta.


Las artesanías involucran procesos de producción que pueden desarrollarse en talleres familiares, unidades económicas pequeñas o establecimientos comerciales.


Los contenidos digitales e internet están relacionados con nuevas formas de producir, distribuir y consumir bienes y servicios culturales.


Los medios audiovisuales incluyen actividades como el cine y la televisión, que requieren inversiones, infraestructura, talento especializado y cadenas de producción complejas.


Por su parte, el diseño y los servicios creativos muestran cómo la creatividad puede incorporarse a productos y servicios que se utilizan en diferentes sectores de la economía.


La cultura no es una industria única. Es un conjunto de actividades que se relacionan entre sí, pero que enfrentan desafíos económicos diferentes.

Y esa diversidad debería ser un elemento central al momento de diseñar políticas públicas.


No se puede pensar en las necesidades de una persona artesana de la misma manera que en las de una empresa de producción audiovisual o en las de un diseñador independiente.


Sus mercados, costos, formas de comercialización y condiciones de trabajo pueden ser muy distintos.



Hay otra pregunta que no podemos dejar de lado:

¿Quiénes hacen posible que la cultura exista?

En 2024, las actividades económicas del sector cultural generaron 1 millón 430 mil 528 puestos de trabajo, equivalentes al 3.5 % del total de puestos de trabajo de la economía mexicana, según el INEGI.


Esto nos recuerda que detrás de cada producto o servicio cultural hay personas.

Personas que diseñan, escriben, interpretan, investigan, producen, restauran, editan, enseñan, comercializan o gestionan.


Personas que trabajan en un taller, en un estudio de grabación, en una editorial, en un museo, en una productora audiovisual o desde su propia casa.


Y aquí conviene hacer una distinción.


El número de puestos de trabajo nos habla de la dimensión laboral del sector, pero no nos dice, por sí solo, cuánto gana cada persona, si cuenta con seguridad social, si tiene estabilidad laboral o si recibe una remuneración adecuada por su trabajo.


Tampoco nos dice si el valor que genera una actividad se distribuye de manera equitativa entre quienes participan en ella.


Es decir, medir cuánto produce la cultura no es lo mismo que saber cómo viven quienes la producen.


Ambas preguntas son importantes, pero requieren indicadores diferentes.


Podemos tener una actividad cultural que genere un valor económico considerable y, al mismo tiempo, enfrente problemas de precariedad laboral o de desigualdad en el acceso a los ingresos.


Por eso, una conversación seria sobre economía de la cultura no debería quedarse únicamente con la cifra del PIB.


También tendría que preguntarse por las condiciones en las que se genera ese valor.


¿Y qué ocurre en otros países?


Aquí es donde las comparaciones internacionales pueden resultar fascinantes.


La siguiente infografía reuní datos sobre la participación de las actividades culturales en el PIB de distintos países.



A primera vista, estos datos parecen invitarnos a comparar países.

Sin embargo, aquí es donde debemos hacer una pausa.

No todos los países miden la cultura de la misma manera.


Las actividades que se incluyen en una cuenta satélite pueden variar. También pueden cambiar los años de referencia, las fuentes de información y los criterios para determinar qué actividades forman parte del sector cultural.


Incluso cuando dos países utilizan conceptos estadísticos similares, eso no garantiza que sus resultados sean directamente comparables.


Por ejemplo, el INEGI reportó que la cultura representó el 2.8 % del PIB de México en 2024, mientras que la cuenta satélite estadounidense reportó una participación del 4.2 % para 2023.


Ambas cifras proceden de cuentas satélite oficiales, pero utilizan delimitaciones y metodologías propias.


Por eso, no sería correcto concluir automáticamente que un país tiene una cultura «más productiva» que otro simplemente porque registra un porcentaje mayor.


Lo que sí podemos hacer es utilizar estos datos para formular preguntas interesantes.


¿Por qué algunos países cuentan con sistemas de medición cultural más desarrollados?

¿Qué actividades están incluidas en sus estadísticas?

¿Qué papel tienen las industrias creativas en sus economías?

¿Cómo se relacionan sus políticas culturales con la producción, el empleo y el consumo?


Y, sobre todo:

¿Qué podemos aprender de la manera en que cada país identifica y mide su actividad cultural?


Hay una idea que me interesa especialmente como economista.

Lo que no se mide puede resultar más difícil de visibilizar en las decisiones económicas.

Cuando una actividad no aparece claramente en las estadísticas, puede ser complicado conocer su tamaño, identificar sus necesidades o evaluar el efecto de una política pública dirigida a ella.


Esto no significa que una actividad carezca de valor por no estar contabilizada.

Significa que la información estadística puede ayudarnos a hacer visible una parte de ese valor.


Pensemos en una persona que produce textiles tradicionales.

Su trabajo puede involucrar conocimientos transmitidos entre generaciones, técnicas particulares, uso de materiales locales y una relación profunda con su comunidad.

Pero también implica costos de producción, tiempo de trabajo, comercialización y, en muchos casos, dificultades para acceder a mercados.


Cuando una cuenta satélite identifica la actividad artesanal, contribuye a dimensionar su participación dentro de la economía cultural.


Sin embargo, todavía necesitamos otras fuentes para comprender todo lo que ocurre alrededor de esa producción.

¿Cuántas personas dependen de ella?

¿Cuánto cuesta producir una pieza?

¿Qué parte del precio final recibe quien la elaboró?

¿Qué dificultades enfrenta para vender?

¿Qué ocurre con sus conocimientos cuando las nuevas generaciones dejan de practicar el oficio?


La estadística económica puede ayudarnos a responder algunas de estas preguntas, pero no todas.

Y ahí es donde la economía de la cultura se vuelve especialmente interesante: porque necesita dialogar con la antropología, la sociología, la historia, los estudios culturales y otras disciplinas.


La cultura genera valor económico, pero ese valor se produce dentro de contextos sociales, históricos y comunitarios.


Por eso es indispensable invertir en la cultura, cuando se habla de inversión cultural, muchas veces pensamos en construir un teatro, restaurar un edificio histórico, financiar una exposición o apoyar una producción cinematográfica.


Todas esas acciones pueden tener una dimensión económica.

Pero también es importante pensar en las condiciones que permiten que las actividades culturales se mantengan en el tiempo.


Invertir en cultura puede significar fortalecer la formación profesional, mejorar las condiciones de trabajo, facilitar el acceso a espacios de producción, ampliar los canales de distribución o generar información estadística que permita tomar decisiones.

No todas las políticas culturales tienen el mismo objetivo.


Algunas buscan preservar el patrimonio. Otras promueven la participación cultural, el desarrollo de industrias creativas, la formación artística o el acceso de la población a bienes y servicios culturales.


Por eso, hablar de inversión cultural requiere preguntarnos qué se quiere lograr y cómo se medirán los resultados.


Una política orientada a fortalecer las artesanías, por ejemplo, podría necesitar indicadores sobre producción, ingresos, comercialización, empleo y transmisión de conocimientos.


Una política dirigida al sector audiovisual podría requerir información sobre producción, distribución, exhibición, empleo especializado y acceso a financiamiento.

No basta con saber cuánto dinero se destina a una actividad.


También es necesario entender qué efectos se buscan y qué resultados se obtienen.



Y más allá de los porcentajes me gusta pensar que las estadísticas culturales cumplen una doble función.


Por un lado, nos ayudan a comprender una parte de la realidad económica.

Por otro, nos permiten formular preguntas que quizá antes no nos habíamos hecho.


Cuando vemos que las artesanías representan una parte importante del PIB cultural mexicano, podemos preguntarnos qué hay detrás de esa producción.


Cuando observamos que millones de puestos de trabajo están vinculados con las actividades culturales, podemos preguntarnos en qué condiciones se desarrollan esas labores.


Cuando encontramos que distintos países reportan porcentajes diferentes, podemos investigar cómo se mide la cultura en cada uno de ellos.


Y cuando descubrimos que la cultura genera bienes, servicios e ingresos, podemos ampliar nuestra conversación sobre el papel que desempeña en la economía.


Porque la cultura no solamente está en los museos, en los escenarios o en los libros.

También está en los talleres, en las empresas, en los hogares, en los mercados y en las actividades cotidianas de miles de personas.


Está en el trabajo de quienes crean, producen, transmiten y distribuyen expresiones culturales.


Está en los conocimientos que se heredan y en las nuevas ideas que se desarrollan.

Está en la creatividad, pero también en el trabajo que permite convertir esa creatividad en bienes y servicios.


Y aunque el PIB no puede contarlo todo, sí puede ayudarnos a entender una parte de esa historia.

Quizá el reto no sea solamente conseguir que la cultura represente un porcentaje mayor de la economía, sino comprender qué tipo de desarrollo cultural y económico queremos construir.

Porque detrás de cada cifra hay una actividad.

Detrás de cada actividad hay personas.

Y detrás de cada persona hay una historia que las estadísticas apenas comienzan a contarnos.


Recuerden, Porque lo vale...Hablemos cultura.

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