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Los museos sí tienen público. El reto está en otro lado.


Hay frases que repetimos tanto que terminan pareciendo verdades absolutas. Una de ellas es que los museos están vacíos porque a la gente ya no le interesan.



Sin embargo, las estadísticas más recientes cuentan una historia muy distinta.

Durante 2025, los museos del país recibieron 52.2 millones de visitantes, alrededor de 600 mil más que el año anterior.


Si millones de personas siguen recorriendo salas de exposición, asistiendo a actividades educativas y participando en eventos culturales, quizá el problema no sea la falta de interés.


Tal vez la pregunta correcta no sea por qué la gente no va a los museos.

Tal vez deberíamos preguntarnos quiénes tienen la posibilidad de hacerlo.


Cuando observamos los datos por entidad federativa aparece un fenómeno que ha acompañado históricamente a la cultura en México: la centralización.


La Ciudad de México registró más de 25.8 millones de visitantes, prácticamente la mitad de todas las visitas realizadas en el país. Muy por detrás se ubicaron Nuevo León con 4.7 millones, Guanajuato con 2.4 millones, Puebla con 2.1 millones y el Estado de México con cerca de 2 millones.


Las cifras son impresionantes, pero también reveladoras.


No necesariamente hablan de una mayor afición cultural entre los habitantes de una entidad y otra. Hablan, sobre todo, de la concentración de infraestructura, recursos, turismo y oferta cultural.


Durante décadas, la Ciudad de México se consolidó como el principal polo cultural del país. Ahí se encuentran algunos de los museos más importantes de América Latina, así como una enorme concentración de patrimonio histórico, instituciones educativas, centros de investigación y espacios de exhibición.


El resultado es que millones de personas tienen acceso relativamente cercano a una amplia oferta cultural, mientras que en muchas otras regiones del país visitar un museo puede implicar recorrer largas distancias o enfrentar una oferta mucho más limitada.


Esta realidad nos obliga a reflexionar sobre algo que pocas veces discutimos: el acceso a la cultura no depende únicamente del interés de las personas. También depende de las condiciones materiales que hacen posible ese acceso.


Cuando hablamos del derecho a la cultura solemos pensar en la libertad de crear, expresarse o participar en actividades artísticas. Pero existe una dimensión menos visible: la disponibilidad de espacios culturales.


Después de todo, nadie puede visitar un museo que no existe cerca de su comunidad.

Por eso resulta importante analizar estas cifras desde una perspectiva territorial. Los museos son mucho más que edificios donde se conservan piezas históricas. Son espacios de encuentro, aprendizaje, reflexión y construcción de identidad colectiva. También generan actividad económica.


Un museo atrae visitantes, impulsa el turismo, beneficia a restaurantes, hoteles, comercios y servicios de transporte. Es decir, no solo produce valor cultural; también genera valor económico.


Quizá por ello resulta preocupante que muchos museos continúen enfrentando retos relacionados con financiamiento, mantenimiento de instalaciones, actualización tecnológica y formación de públicos.


La paradoja es evidente. Mientras millones de personas los visitan cada año, numerosos espacios culturales siguen operando con recursos limitados y enfrentan dificultades para garantizar su sostenibilidad.


Los datos también permiten observar otro fenómeno interesante: las mujeres representaron 54.3% de las visitas, mientras que los hombres concentraron el 45.7%.


Esta diferencia rompe otro estereotipo frecuente. Los museos no son espacios

reservados para especialistas, académicos o grupos reducidos. Son espacios vivos, visitados por públicos diversos que siguen encontrando en ellos experiencias significativas.


Sin embargo, el verdadero desafío no parece estar en convencer a las personas de que entren a un museo.


El desafío consiste en garantizar que más personas tengan uno cerca.

Porque cuando casi la mitad de las visitas nacionales se concentran en una sola entidad federativa, la discusión deja de ser únicamente cultural y se convierte también en una discusión sobre desigualdad territorial.


México posee una enorme riqueza histórica, artística y patrimonial distribuida a lo largo de todo su territorio. El reto consiste en lograr que esa riqueza se traduzca en oportunidades culturales igualmente distribuidas.


Los museos sí tienen visitantes.


Lo que todavía no tienen es una distribución equitativa de las condiciones que permiten que esos visitantes existan.


Y quizá ahí se encuentre una de las conversaciones más urgentes para la política cultural mexicana: no solo cómo atraer más público, sino cómo democratizar el acceso a los espacios donde la memoria, la identidad y el conocimiento se encuentran.

Porque los museos conservan el pasado.


Pero la forma en que decidamos invertir en ellos definirá buena parte del futuro cultural del país.

Recuerden "Porque lo vale... Hablemos cultura"

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