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¿Dónde nacen los públicos culturales?

Cuando pensamos en la economía de la cultura solemos imaginar presupuestos, industrias creativas, empleo, turismo o aportaciones al Producto Interno Bruto.


Pocas veces pensamos en la infancia.


Y, sin embargo, quizá sea ahí donde comienza una de las inversiones culturales más importantes de cualquier país.


Existe una idea muy extendida: que hay personas a quienes simplemente "les gusta la cultura". Decimos que alguien disfruta leer, visitar museos, asistir al teatro o escuchar conciertos como si ese gusto hubiera aparecido de manera natural, casi por azar.


Pero quienes estudiamos los datos sabemos que pocas cosas ocurren por casualidad.

Los hábitos también tienen historia.


Las preferencias también se construyen.


Y los públicos culturales, lejos de aparecer espontáneamente, se forman a lo largo del tiempo.


Al revisar la información sobre participación cultural encontré un patrón que llamó poderosamente mi atención. Entre las personas que asistieron a algún evento cultural durante el último año, ocho de cada diez recuerdan que durante su infancia sus padres o tutores también las llevaban a este tipo de actividades.


La cifra, por sí sola, ya resulta reveladora.


Pero deja de ser un simple porcentaje cuando pensamos en lo que realmente significa.


Detrás de ese dato hay miles de familias que decidieron dedicar una tarde para visitar un museo, asistir a una obra de teatro, recorrer una feria del libro o escuchar un concierto.


Quizá fueron actividades sencillas, incluso esporádicas. Sin embargo, años después siguen apareciendo en la memoria de quienes hoy participan activamente en la vida cultural.


Eso nos dice algo importante.


La cultura también se aprende.


No como una materia escolar, sino como una experiencia cotidiana. Igual que aprendemos a disfrutar ciertos alimentos porque crecimos con ellos, también aprendemos a valorar las expresiones culturales cuando forman parte de nuestro entorno desde edades tempranas.


Los datos muestran un comportamiento similar en las actividades artísticas.

Entre quienes hoy participan en la vida cultural, una proporción muy alta recuerda haber asistido durante su infancia a clases de música, danza, pintura u otras actividades artísticas extracurriculares.

No significa que todas esas personas se convirtieran en artistas profesionales.


Significa algo quizá más relevante: desarrollaron una relación cercana con la cultura.

Aprendieron que un escenario no intimida, que un instrumento musical puede formar parte de la vida cotidiana, que pintar o bailar no son actividades extraordinarias reservadas para unos cuantos.


Y cuando observé los datos sobre lectura apareció un tercer elemento que terminó de completar el panorama.


Las personas lectoras reportan con mayor frecuencia haber crecido en hogares donde había libros distintos a los escolares, donde sus padres también leían y donde visitar bibliotecas o librerías era una actividad común.


Es difícil ignorar la coincidencia.


Los tres conjuntos de información apuntan hacia la misma dirección.

La participación cultural del presente, guarda una estrecha relación con las experiencias culturales del pasado.


Desde la economía existe un concepto ampliamente conocido: la formación de capital humano. Se refiere a todas aquellas inversiones que aumentan las capacidades de las personas y generan beneficios durante muchos años.


Generalmente pensamos en educación formal, capacitación o salud.

Pero quizá sea momento de ampliar la conversación.


¿Y si asistir a un museo durante la infancia también fuera una forma de inversión?

¿Y si regalar libros, llevar a un concierto o inscribir a un niño en clases de danza no sólo enriqueciera su desarrollo personal, sino que además ayudara a formar a los futuros públicos culturales del país?


Estas preguntas cambian la manera en que entendemos las políticas culturales.

Con frecuencia discutimos cómo atraer más visitantes a los museos, cómo incrementar la asistencia al teatro o cómo fomentar la lectura entre la población adulta.


Pero pocas veces nos preguntamos dónde comienza realmente ese proceso.

Tal vez la respuesta no esté en las campañas de difusión.


Tal vez comience muchos años antes, cuando una niña entra por primera vez a una biblioteca. Cuando un niño escucha una orquesta sin saber que esa experiencia permanecerá con él durante décadas. Cuando una familia decide dedicar un domingo a recorrer un museo en lugar de cualquier otra actividad.


Los economistas solemos decir que las mejores inversiones son aquellas cuyos beneficios aparecen con el tiempo.


La cultura parece seguir la misma lógica.


Porque formar públicos culturales no produce resultados inmediatos.

Produce generaciones.


Y quizá esa sea una de las razones por las que vale la pena seguir hablando de cultura desde las cifras.


Porque, a veces, los datos no sólo explican el presente.

También revelan dónde comenzó.


Porque lo vale... Hablemos cultura

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