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La familia es una bomba de tiempo.

Marzo 2024

Alegría Martínez

 

Archipiélago, pone en evidencia la distancia abismal entre hermanas. Cuatro mujeres unidas por el resentimiento y los huecos del abandono materno, atadas a sus propios conflictos, e incapaces -fuera de la más joven- de intentar un acercamiento que les permita unirse como familia.


La cena de Navidad parece abrir la oportunidad de una convivencia que podría sanar viejos rencores, pero aquello que nunca se habló, se libera en invisibles partículas cargadas de dolor, rabia y veneno, como si crecer, implicara la espera justa para detonar la bomba del tiempo.


La familia conformada por Sonya, Tanya, Galya y Katya, que en algo recuerda a Las tres hermanas de Chéjov, reunida artificialmente en torno a Lucía, la madrastra, querida únicamente por la hermana menor, exhala en torno a la mesa dispuesta, ese tufo que solo se percibe entre personas que se conocen a fondo, a quienes por esa misma razón no se les perdonan hechos ni dichos del pasado.




La obra ganadora del Premio Bellas Artes de Dramaturgia, Baja California 2020, escrita por la también actriz, Sandra Burgos, roza problemáticas como el abuso sexual, la violencia intrafamiliar, la infidelidad, la auto marginación causada por algún padecimiento, el narcisismo, la depresión, así como las marcas emocionales de infancia y abandono.


Los personajes parecen girar sobre su propio eje, sin hallar una franca vía de comunicación ni escape, a excepción de la depresión que arrastra Galya, actriz desempleada, que admira al autor de El jardín de los cerezos y madre soltera de un hijo pequeño.


El texto plantea eficazmente la subterránea podredumbre familiar que en los primeros años pudo contener en algo la madrastra, interpretada por la experimentada actriz Pilar Ixquic Mata, -personaje incrustado como un ente ajeno, al centro de la tormenta, de la que también forma parte.



No obstante, pareciera que el único personaje amoroso, de naturaleza frágil y errática, preso de la depresión, utiliza su amor filial como arma vengadora para dar una lección que caerá paradójicamente en quien desea proteger, lo que siembra incógnitas sobre la trayectoria dramatúrgica de esta mujer extraviada en su propio laberinto, que quisiera dotar de fortaleza a su hijo, dejándolo en el desamparo y en medio de las fieras, que sólo ante él dejan escapar gotas de dulzura.


Archipiélago expone las barreras contra las que se estrellan actualmente muchas mujeres y el público se adentra, vía la dirección de Valeria Fabri, en esta serie de conflictos que impiden avanzar en muchas direcciones.


Pilar Ixquic Mata, en el papel de la madrastra, exhibe detrás de su voz cálida y su rostro amable, la densa carga de lo que su personaje sabe y debe callar en su incesante afán a favor de la armonía. Presente pero a distancia, sin que se pueda saber lo que pesa en su ánimo, la mujer que heredó hijas, conflictos y reproches, interviene con dulzura para apaciguar en algo lo que aquellas encienden.


Por su parte, el personaje de Sonya, interpretado por Sophie Alexander-Katz, muestra su desequilibrio interno, por encima de su necesidad de disimulo y de aparentar que todo va bien, contra toda probabilidad, para rescatar su ímpetu de vida, como se aprecia en la escena en que confiesa a su hermana, -entre risas y en medio de una complicidad momentánea- encuentros y deseos secretos.




Tanto Flavia Atencio, en el papel de Tanya, como Viridiana Olvera, en el rol de Galya, dejan ver -como lo plantea el texto-, parte del infierno que crepita en su interior, mientras que la autora de la obra, Sandra Burgos, en papel de Katya, podría encontrar aún matices para enriquecer su personaje.


Los personajes masculinos de Archipiélago, parecen cumplir el rol de acompañantes, fuera del marido de Sonya, que si bien encarna al macho más primitivo, interviene también, como en el caso de las dos parejas de las hermanas, sin mayor progresión actoral dentro de la circunstancia en que se encuentra.


César V. Panini y Manuel Cruz Vivas, Andrew Leland Rogers y Roberto Cázares, completan el elenco, del que también forma parte el niño Antuan Trejo, que como contadas ocasiones en un montaje de adultos, se desempeña ágil y espontáneo.

Un amplio y moderno comedor, decorado en colores blanco y hueso, domina el centro del escenario, en el que se encuentra un árbol de Navidad a un extremo, y en su opuesto, una breve cantina-mesa auxiliar para vajilla y platillos, mientras que fuera de la cómoda estancia, se observa un sótano con libros viejos, refugio de Galya que se vuelca en su contra.


El diseño escenográfico de Isabel Becerril, contenedor de un elemento más, que se vuelve símbolo de todo aquello que no se ha podido enterrar, convive armoniosamente con la iluminación de Alita Escobedo, el vestuario, maquillaje y utilería de Zaira Campos. La prendas en tonos marrón claro, beige, y blanco, -salvo el color negro en algunos casos- cubren mediante estilizadas líneas y texturas, lo que cada personaje carga a favor de su propia destrucción.


De esta manera, el blanco espacio escenográfico, los tonos claros del vestuario y la elegancia y buen gusto en el atuendo de los personajes, generan el poderoso contraste entre la comodidad y el estilo, contra la sombría existencia de los personajes.

Archipiélago es un montaje joven que acierta al subrayar enfáticamente los males familiares de nuestro tiempo.

 

Aquí los datos:

Archipiélago se presenta los miércoles y jueves a las 20:30 horas en el Foro principal del Foro Shakespeare, hasta el próximo 25 de abril.

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