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Inteligencia Actoral, el riesgo hamletiano de ser sustituido por lo que no es.

Casi todas las personas hemos fantaseado con tener un doble, un clon, o un robot con nuestros rasgos para que haga lo que no queremos, o no podemos hacer en ese momento. El avance científico y tecnológico alimenta cada vez más ese deseo que roza la realidad de distintas maneras, pero el miedo del ser humano a ser sustituido por una máquina, también avanza a grandes pasos.

 

Sin embargo, pensar en la posibilidad de que el trabajo actoral -arte que requiere de una compleja articulación entre cuerpo, mente y emoción humanas- sea realizado por un remplazoide, como lo plantea, Flavio González Mello en su obra Inteligencia Actoral, abre aún más los cuestionamientos que se disparan por múltiples vías, desde la precaria situación económica por la que pasan artistas, diseñadores, músicos, compositores, productores y todas las personas involucradas en el teatro, hasta el  deficiente sistema  de producción institucional, privado y comercial, así como la prácticamente nula educación artística, el escaso interés del público y el desconocimiento generalizado de todo lo que implica levantar el telón, entre otros asuntos. 

 

El también autor de obras como 1822, el año que fuimos imperio (2002), Lascuráin o la brevedad del poder (2005), Edip en Colofón (2009), y La negociación (2017),  entre más de una decena de textos dramáticos, plantea desde el inicio de Inteligencia Actoral,  uno de los problemas que aqueja a quienes se dedican a este arte colectivo, en voz de su personaje principal: “del teatro no saco para vivir, hermanito”.


Foto: PpZepeda


Esta afirmación, que tiene mucho de cierto y alude a los múltiples obstáculos que enfrentan quienes se dedican al arte escénico, abre paso a la solución que actrices y actores encuentran para hacer frente a sus gastos cotidianos, que es participar en un comercial, serie, o película, lo que para algunos equivale a haberse sacado la lotería.

 

El asunto es que la inversión de tiempo de ensayos y memorización, que fuera de alguna excepción, no se pagan, además del breve tiempo de las temporadas teatrales, ha hecho que éstas hayan dejado de ser sagradas para buena parte de la comunidad artística, y aunque sea lo que más les gusta hacer, trasladen la actividad teatral a un segundo término.

 

Así es como Paco Ramos, el actor que se ha preparado para hacer el papel de Hamlet, en la ficción de Inteligencia Actoral, avisa al director de la obra, a diez días del estreno, que se irá a Namibia, a participar en la filmación de una cinta en la que interpretará a un guerrero futurista, a lo largo de cuatro escenas. 

 

González Mello, trata con humor la tragedia en que se puede convertir esta noticia para el director del montaje, interpretado por Juan Carlos Vives, que para el actor es una decisión tomada, más que la solicitud de un permiso para ausentarse.

 

El suplente cibernético, de nombre Paquito, que ha sido previamente entrenado por Paco, arriba a los ensayos, de la mano de Roel, una ciberneuróloga que opera al remplazoide, informa sobre su funcionamiento y se mantiene a su cuidado.

 

Detalles, como dejar activada la autoconsciencia del robot, abre la posibilidad de que éste siga sus propias reglas. Dilemas como pedirle que guarde secretos, o que cambie las instrucciones actorales que le inculcó Paco, genera los tropiezos naturales que cometería un actor necio, inconsciente, sin mística, ni experiencia. Y si a las extrañas reacciones de índole artística, se agregan las derivadas de la vida cotidiana con sus compañeros de elenco y las de sus relaciones amorosas, las circunstancias generan nuevos y enormes inconvenientes.

 

Así es como el dramaturgo, que en esta oportunidad dirige su propia obra, evidencia, con un gran sentido del humor, algunos vicios de comportamiento del elenco, del director, y tropiezos naturales de la asistente de dirección, ante cada nueva situación por resolver para poder estrenar Hamlet como se había planeado.

 

Público y colegas de escena ríen a carcajadas al asomarse al escenario durante ensayos, espacio en que actrices y actores muestran su conducta ordinariamente humana, desde el desbordante ego de otro miembro del elenco, o el comportamiento de una actriz en decadencia que vive de sus viejas glorias y sabe darle un  raudo giro a todo error para salir airosa, hasta la queja ante el secreto a voces de lo que solicita el director, bajo su disfraz donjuanesco de abuso, que han practicado viejas generaciones.

 

La oportunidad de escuchar fragmentos del célebre monólogo de Hamlet, sin puntuación ni intenciones, en voz de Paquito, que se sabe de memoria el texto, y reflexionar sobre el “Ser o no ser”, en voz de un ente que no es, pero que está ahí, resulta gozoso y revelador.

 

Ver a Juan Carlos Vives bajo la piel de un director que intenta explicar lo que es una convención escénica, en oposición a la información cargada en la memoria del robot, despliega parte de los retos actorales y los cuestionamientos para descifrarlos.

 

Un escenario vacío, contiene alguna mesa, sillas, una carroza dorada, algún rack con vestuario y un camerino que se adivina en la parte superior. Uno más que entra y sale, a ras de piso, herméticamente cerrado y más tarde abierto a su interior, se desliza entre altas estructuras que muestran el fondo de un teatro hasta que se cierra el telón. El diseño escenográfico de Jesús Hernández permite al público atisbar en lugares habitualmente vedados a su vista.

 

Juan Carlos Vives, actor, director y maestro, en el rol del director de escena, hace transitar a su personaje del azoro, a la aceptación incrédula que avanza hacia el cinismo, en un despliegue de su experiencia que imprime de matices diversos y  contradictorios a ese ser que se permite abusar ante la posibilidad que se le presenta.

 

Roberto Beck, que interpreta a Paco y al remplazoide, Paquito, en un intenso vaivén de transiciones, entre los dos opuestos, muestra su crecimiento actoral ante la complejidad de vaciar de significado a uno, aunque pleno de información, mientras dota de actitudes francamente humanas al otro, que da pasos entre el cinismo y el afán de avanzar en sus metas individuales.

 

En el papel de la reina Gertrudis, personaje  de la obra de Shakespeare, y de Oriana, actriz que lo interpreta, Dobrina Cristeva erige a una artista entrada en años, con ímpetu joven, que hace desatinar a sus compañeros sin dar tregua en su falta de memoria y de conocimiento, carencias que suple automáticamente, como si las palabras en su mente estuvieran a la esperara de la señal para ser dichas, siempre envueltas en  brillo, como el que retoma en cada nueva oportunidad.



  Foto: PpZepeda

  

Diana Sedano, como la eficiente ciberneuróloga, Roel, da la impresión de haber hecho suyos algunos rasgos mecánicos de su robot, en su proceder, seguro y hermético, que sin embargo se transforman al correr de la acción, hasta mostrar su lado amable, humano y festivo, cuando acude a solucionar un nuevo riesgo. La actriz, crece su potencial artístico, en cada estreno.

 

Ramsés, a cargo de Fernando Rebeil, quien hace durante unos minutos el papel del remplazoide, posteriormente en el rol de Ramsés, el actor, que rivaliza con Paco, da rienda suelta, acertadamente, a la competitividad exagerada entre actores.

 

Por su parte las jóvenes Verónica de Alba, como la asistente de dirección y Elena del Río, que interpreta a Paulina, actriz en el rol de Ofelia, aportan la espontaneidad y la incredulidad, el aguante y el titubeo, respectivamente, a personajes que en apariencia no le han entrado del todo al juego.

 

La música original y diseño sonoro de Jorge David García y Enrique Arriaga Celis,  dotan a  esta travesía, de sonidos que presagian, contienen y abren curso a  la gracia de cada sobresalto.

 

Pilar Boliver es la diseñadora de un vestuario vital, que evoca mediante 

rasgos contemporáneos, a un Hamlet y a una Gertrudis que en sus atuendos cobran una dimensión ligera y ganan delicadeza, mientras por otra parte, resalta los rasgos clave de los actores en su ropa “casual” plena de atractivos y reveladores signos, para acudir a un ensayo.



Foto: PpZepeda

 

Inteligencia Actoral, que actualmente puede leerse en el libro que bajo este título publicó Ediciones El Milagro, da un gran giro de tuerca rumbo al final. Habrá que asomarse a ver qué sucede entre los integrantes de este elenco, si se concretó el estreno de Hamlet y hasta dónde llegó el engaño. Se trata de un texto complejo, crítico y divertido, que cuenta con un gran montaje, nutrido por actrices, actores y diseñadores, de un nivel a la altura del desafío.

 

 

 Aquí los datos:

 

Inteligencia Actoral está por culminar su segunda temporada que ofrece funciones los jueves y viernes a las 20:00 horas. Sábados a las 19:00 y domingos a las 18:00 horas, hasta el 25 de febrero de 2024, en el Teatro Helénico. Avenida Revolución 1500, colonia Guadalupe Inn.

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