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¡Ese niño es México!

Termina septiembre el mes patrio, el mes de los chiles en nogada (que se empezaron a vender desde julio), ese mes en el que todo se traviste de tres colores, brotan bigotes y crecen lustrosas trenzas a todos y a todas quienes vivimos aquí. Todo es verde, blanco y rojo antes de dar paso al morado, negro y anaranjado del Halloween, pero esa es otra historia. Mientras llega octubre los vivas son para México, nación humana e independiente que nació en septiembre de 1810 o tal vez hasta septiembre de 1821, pero de lo que no hay duda es que el mes que hoy termina resulta históricamente fundamental y simbólicamente muy aprovechado. Pero, ¿qué compone a ese orgullo irrestricto que nos dura treinta días exactos? Son muchos y muy variados los elementos que se pueden alistar para intentar responder a esa pregunta. Si llegáramos a un consenso —que podría incluir al catolicismo colonial, al guadalupanismo separado del catolicismo, o el futbol, la comida picante, la fiesta con mariachi o banda, la solidaridad activada como reacción a la tragedia o el gusto por volarse los semáforos en rojo—  podríamos decir entonces qué es nuestro país. ¿Es independiente, humano y generoso como como se dice en el juramento a la bandera? ¿O tal vez un territorio con dos siglos y fracción de historia que aún está en vías de desarrollo? Las preguntas son muchas pero pocas las respuestas. Se han intentado algunas desde el arte y la cultura a partir de las relaciones de esos ámbitos con el poder económico y político. Esas imágenes, dispositivos de representación, aventuraron contestaciones pero cuidaron de no enunciar la pregunta. Fueron meros ejercicios imaginativos, meras propuestas de lo que podía ser, sin embargo, el modo de formulación y de presentación llevaron esas posibilidades al terreno de los deberes. La historia y la realidad debían ser como las idealizaciones presentadas en las artes plásticas o la literatura o el cine. 


Póster de la película Río Escondido.


En 1947 una esforzada y agonizante maestra rural, toda ella voluntad y sacrificio, dio respuesta a un cuestionamiento no formulado. Sabiendo que la vida se le escapaba se alzó un poco en su lecho de muerte para observar a un bebé que, aunque rebosante de fuerza, llora de hambre y, huérfano, tiene un futuro incierto. “Ese niño es México”, dijo la maestra, “y tengo que salvarlo”. Se trata por supuesto de una ficción, una fantasía fílmica con María Félix en el papel principal. Ella, que en 1946 había sido una devoradora de hombres asesinada al final de esa cinta para expiar todas sus culpas, se transfiguró en una mujer sacrificada por igual pero por una causa que la superaba en todo sentido y que valía todo dolor: el bien de la patria. En el papel de Rosaura Salazar, la pobre maestra rural protagonista de Río Escondido, hizo frente al caciquismo posrevolucionario. A petición directa del presidente de la república —Miguel Alemán presentado en la película mediante la sombra de su perfil inconfundible— salió rumbo a un pueblo alejadísimo para llevar hasta ese rincón perdido de la patria no solo las primeras letras sino, como se dice en una de las primeras escenas del filme, la moralidad, la salud y la justicia. La deuda es del gobierno pero el trabajo deben realizarlo los ciudadanos. Rosaura se convierte en ese momento, mediante la encomienda presidencial, en emanación de ese gobierno —emanado a su vez de la Revolución mexicana como se insistió en cada informe presidencial desde Venustiano Carranza— y ejecutora de su labor. Va ella sola, con todo un mundo guardado en su maleta, sin mayores herramientas que sus propios recursos, ¿qué podría salir mal?


Todo sale mal. 


Paco Ignacio Taibo I, en su libro María Félix. 47 pasos por el cine, tituló como sigue el apartado sobre Río Escondido: “Si Dios está ocupado, busco al señor presidente”. Una frase muy acertada para lo que muestra la película. El poder presidencial es incuestionable; sus decisiones, las mejores; sus demandas, impostergables; exigirle algo, impensable. El despacho presidencial en Palacio Nacional es el Sancta Sanctorum del país y Rosaura ha estado ahí para recibir la encomienda, su único trabajo es cumplirla. Simple, ¿no?


Impresión en gran formato del grabado La pequeña maestra, que grande es su voluntad, realizado por Leopoldo Méndez.


Lo cierto es que no queda claro cómo es que el sistema gubernamental pensaba pagar su deuda en cuanto al atraso de la nación rural si mandaba a maestros y médicos sin más herramientas ni recursos que los de cada uno, sin embargo, la película sirve como gran ejemplo de ese patriotismo irreflexivo y acrítico que se reafirma en septiembre de cada año cuando el papel de china y las luces tricolores toman todo por asalto para reafirmar un discurso que se formó justamente hacia la mitad del siglo XX y con el cine (en tanto industria) como un gran aliado y medio de difusión. Las representaciones fílmicas tanto del pasado glorioso como del presente grandioso y renovador, fueron en realidad imágenes interesadas de la realidad, es decir, idealizaciones que apuntaron a imaginarios reducidos y discursos simplistas fáciles de asimilar y aprender. El sacrificio que realiza la maestra Rosaura tiene un gran efecto pero no ataja las causas de lo que estaba mal ni atiende todas las faltas ni las fallas que aquejaban a los habitantes de Río escondido. Podríamos decir que mató al perro no se acabó la rabia. 


La maestra rural se sacrifica, vence al cacique, libera el acceso al agua pero las condiciones generales del pueblo poco cambian. La película muestra a los habitantes del lugar, indígenas todos, como buenos salvajes que poco o nada entienden de la educación, la moralidad y la justicia que Rosaura les llevaba. Son bárbaros nobles que solo atienden a la campana de la iglesia o a la violencia que se les infringe. “Señor presidente…”, comienza a decir Rosaura con sus últimos alientos, está dictando una carta para ese ser omnipotente que la envió ahí. Antes de morir debe rendir informe. La rodean esos buenos salvajes que, si de algo sirviera, le lamerían las heridas.


Rosaura, representada en la actuación por María Félix y en la gráfica por Leopoldo Méndez, puede ser vista como una representación de la Revolución mexicana. Ese hecho fundamental del siglo XX nacional se había transformado en un proceso inacabado que en su manutención aseguraba el cumplimiento (algún día) de lo que se había prometido en su nombre. La revolución debía llegar a todos los rincones del país para llevar consigo la justicia social pero no era falla suya el no conseguirlo a la primera, ya que así como la maestra de la película debía combatir a fuerzas externas que la combatían para impedir su trabajo. El presidente no podía ir personalmente pero tenía a sus enviados y enviadas, si estas fallaban llegarían otras y otras y otras, hasta lograrlo. Tal vez, algún día.


Mientras ese momento llegaba México era el niño huérfano llorando en el petate. ¡Viva México!

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