“Con la cara a las estrellas y el pecho descubierto”, la homosexualidad en las Islas Marías en los años treinta.
- Hugo Maturano
- 30 dic 2025
- 12 Min. de lectura
La isla (1938) es un relato que, entre sus virtudes, cuenta con un acercamiento único a la vivencia homosexual dentro del sistema carcelario, específicamente dentro del Penal de Islas Marías y el cual ha pasado desapercibido.

La autora, Judith Martínez Ortega, que más adelante tomaría el nombre de Judith van Beuren, esto con motivo a su matrimonio con Freddy van Beuren, hermano del diseñador Michael van Beuren.
Fue además de escritora, actriz del Teatro Ulises, promotora cultural y mujer de negocios, actividad a la que se dedicaría al fundar los establecimientos de la fonda y cabaret conocidos como El Refugio y El otro Refugio respectivamente.

Sin embargo, la obra literaria de Martínez Ortega que se traduce en dos libros, el ya mencionado La Isla y más adelante Las jugadoras, Indiscreciones de una barajadicta (1979), el cual firma con su nombre de casada, no es ampliamente conocida. Lo cual deja huecos respecto a su proceso de creación literaria.

La isla es un relato sobre las vivencias de la escritora durante el año que permanece en las Islas Marías mientras se desempeña como secretaria de Francisco José Múgica Velázquez, que ocupa el cargo de Director del Penal de 1928 a 1933, así como de las personas que residen en el lugar, ya sean trabajadores o reos.
El libro fue publicado en 1938 por la Imprenta Mundial en una edición de 500 ejemplares, más adelante la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) lo editaría en 1959 bajo el título de La isla (y tres cuentos).
En la edición de 1938 se incluyen cuatro dibujos de Manuel Rodríguez Lozano: un retrato de la escritora y tres que ilustran algunos de los relatos que se incluyen dentro del libro, los dibujos están fechados en 1936.

Las razones por las cuales Martínez Ortega decide trabajar dentro del Penal quedan de manifiesto en el reportaje titulado Judit van Beuren, Escritora que “Bordó con Seda Roja en Carne Humana” publicado en el periódico Excélsior el día jueves 24 de octubre de 1985 con motivo del fallecimiento de la escritora acontecido el día domingo 20 de octubre de 1985.
En dicho reportaje la periodista Ana Cecilia Treviño, conocida como “Bambi”, recupera una entrevista realizada a la escritora en donde se ahonda en los motivos que la llevaron a trasladarse a las Islas Marías:
-Judit, ¿Cómo se le ocurrió irse a vivir un año a las islas, allá con los presos?
-Yo era secretaria de Gonzalez Herrejón en Gobernación. Un día llego el general Mújica y González Herrejón me dijo que lo entretuviera mientras terminaba su acuerdo. Lo pasé al privado y le pregunté: “¿Cómo son las islas Marías?” “Son divinas”. “Ay, qué horror, tan lejos y con tanta gente malvada”. “No, son preciosas. Yo vivo allá con mis hijos, que son tres mujeres y un hombre. Huguito. Acabo de despedir a mi secretaria, ¿por qué no se viene conmigo de secretaria?” “Ni loca, cómo me voy a ir a las islas Marías…” Por fin lo recibió González Herrejón y a la salida, el general Mújica me dijo: “No se le olvide que se va de secretaria mía”.
Más adelante en la entrevista, Martínez Ortega continúa con su narración en donde el entorno familiar fue un detonante para tomar la decisión de aceptar la invitación por parte del General Francisco José Múgica Velázquez:
-Pero pasaron los días y Múgica siguió yendo, “¿Cuándo nos vamos?”, me decía. “Yo nunca general”. Un día llegué a mi casa (vivía con mis tías), como a las siete y media de la noche. Estaban rezando el rosario y empezaron: “¡Ay, qué horas de llegar! sólo las mujeres livianas llegan a esta hora. La próxima vez que llegues tarde te volvemos a poner de interna en el colegio. Tienes que llegar a las 10 para las 7 porque has de rezar el rosario con toda la familia”.
-¿Y esto la hizo huir?
-Si. La siguiente vez que vino el general Mújica le dije: “Si, general, me voy con usted de secretaria a las islas”. “Usted se va a vivir en mi casa, con mis hijas, con los profesores y con la Madre Concha. En diciembre me voy. No vaya a creer que sale un barco diario”, me indico el general. Salí el 31 de diciembre de 1931, y regresé el 31 de diciembre de 1932.
En la entrevista, también se muestra el carácter de Martínez Ortega, algo que está presente a lo largo de La isla:
-Cuando iban a darme los papeles, me mandó llamar el general Cárdenas y me preguntó que si yo era la señorita que se iba a las islas. Asentí. Se me quedó mirando con esos ojos que tenía como de gato. “¿Tiene usted permiso de su casa?” “No veo por qué -le contesté-. Soy mayor de edad. Tengo 23 años”. “Entonces le firmo los papeles porque ya sabe lo que hace”. En mi casa, lágrimas, insultos, de todo.
-¿Y sus amigos qué opinaban del proyecto?
-Tampoco estaban muy de acuerdo. Pero me fueron a dejar a la estación Julio Castellanos, Moisés Sáenz, el licenciado González Herrejón, que no lo quería creer, una hermana mía y el licenciado Juan B. Rojo, hermano de Rojo de la Vega. Me fui a Guadalajara y después en el Subpacifico a Mazatlán. Tomé el barco a las 7 de la noche. Se hacían 16 horas y media a las islas.
La isla se encuentra conformada por 25 relatos conectados por la escritora como narradora, lo cual da un carácter testimonial de los hechos que se van relatando, el libro aborda de manera particular tres temáticas (violencia, sexualidad y muerte) que, a su vez, divide en bloques los relatos: violencia y sexualidad componen el primer bloque y muerte el segundo bloque, además de que el primer y último relato funcionan como introducción y epílogo respectivamente.
Sin bien los relatos van entrelazando las historias de quienes habitan las Islas Marías, como bien lo señala Martínez Ortega “Los presos andaban libres; se tropezaban uno con ellos, en el camino, como con los panaderos u otras gentes sencillas en cualquier pueblo” y existen relatos dedicados específicamente a un personaje, son los homosexuales los que se encuentran presentes en gran parte del libro.

A diferencia de otros personajes, que se sitúan específicamente en las barracas, los trabajos forzados, el consultorio médico y el hospital, los homosexuales se encuentran ubicados tanto en el teatro como en las casas de los empleados del penal donde brindan servicios domésticos.
Precisamente, en el teatro y con motivo de las celebraciones de año nuevo, se mencionan por primera vez a los homosexuales en el libro:
“La verdadera felicidad era para los homosexuales, cuya estancia en el Penal me ha parecido -por otra parte- siempre totalmente injustificada. Llegaban esmeradamente polveados, los ojos agrandados por el rímel, las bocas enrojecidas, lunares postizos y el pelo, generalmente largo, artísticamente peinado. Con sus camisas de seda descubriéndoles el pecho, con sus pantalones exageradamente anchos y sus pañuelos llamativos anudados al cuello, eran los árbitros de la moda”
Particularmente interesante es la manera cómo Martínez Ortega presenta a los homosexuales, los cuales asumen roles femeninos a diferencia de los demás presos que son descritos en su mayoría como toscos, incultos y agresivos, sin embargo, también existe una suerte de dominación por parte de los homosexuales hacia los otros reos:
“Muchas veces debían satisfacer las exigencias de los hombres, pero la mayoría de las veces “ellas” castigaban”.
Si bien nunca define a que se refiere con “castigaban”, se puede llegar a entender como una serie de demandas por parte de los homosexuales para acceder a las prácticas sexuales con otros reos, un ejemplo de lo anterior se da con un hecho que describe Martínez Ortega al momento de encontrarse en el consultorio:
“Así vi llegar cierta vez a un hombre, casi un gigante boxeador de profesión, en toda la plenitud de la vida, con la región pectoral izquierda tumefacta, enormemente inflamada. Se había tatuado a punta de navaja, a lo hombre, unas iniciales: M.Z.V. Se infectó. Las heridas se abrieron como flores. La sangre y el pus, al escurrir por su torso, formaban los tallos de esas flores impresionantes”
“Tal fue el precio exigido por un homosexual pueril, de ojos bellísimos y lánguidos modales, para hacerse pagar sus favores”
Por lo tanto, las Islas Marías se convierten en un espacio donde se ejerce una sexualidad desprovista de prejuicios con respecto a los homosexuales y donde su presencia y expresiones son necesarias y toleradas.
En La isla también se registra un aspecto recurrente dentro de la cultura homosexual, el uso de sobrenombres femeninos, los personajes homosexuales que conocemos son a través de apodos, nunca llegamos a conocer sus nombres, por las páginas del libro desfilan:
“La Rorra”, segura de sí misma, siempre bien vestida, siempre cortejada”.
“La “Santa”, despectiva, con sus bellísimos ojos, su innata distinción, su andar cadencioso…”
“Flor de Loto”, aquel hombre extraordinario por su figura y su prestancia, que, realmente, era un “cinturita”.
“La “Ramona”, un verdadero esperpento, fingiendo siempre enfermedades netamente femeninas”.
“Rosa”, “La Mariposa”, “Pola Negri”, la “Lagartija”, “Luisa”, la “Lupana”…
Martínez Ortega menciona que los sobrenombres tienen su origen ya sea en el nombre de pila, alguna característica física o la razón por la cual los reos terminaron en el Penal. En el caso de los homosexuales enlistados, más adelante conoceremos solo la historia de uno y un dato adicional de otro. Siempre que Martínez Ortega habla de los homosexuales dentro del libro lo hace de manera colectiva, da la impresión que al agruparlos les proporciona un sentido de identidad y pertenencia.
Así lo hace al momento de que arriban a las Islas Marías en las llamadas “cuerdas”
“Los homosexuales tenían un aire francamente provocativo. Estaban seguros de llegar al paraíso, y, ciertamente, no se equivocaban. ¿Qué otra cosa puede esperarse en un lugar donde conviven ochocientos hombres y veinte mujeres, todos presos? El problema sexual entre los empleados no era menos pavoroso”
Las relaciones entre presos heterosexuales y homosexuales, a lo largo del libro también se describen de manera colectiva y a partir de espacios y códigos previamente establecidos, el teatro y las actividades domésticas que realizan los homosexuales son el preludio para un encuentro sexual.
“Buscaban asientos entre sus preferidos, se sentaban juntos y hablaban en voz alta, comentando, riendo. Los machos les gastaban bromas, pero fácilmente los aceptaban y no tenían prejuicio contra ellos, más bien eran motivo de diversión, cuando no de grandes pasiones. Las colonas los veían como auténticas rivales”
En ese sentido, Martínez Ortega nos da una descripción de lo que ahora se conoce como cruising, encuentros sexuales fortuitos entre hombres en espacios generalmente públicos que bajo ciertos códigos (palabras, gestos y miradas) se establecen entre los practicantes.
“De la casa contigua alguien le grita:
-Maripooosaa, ¿vamos por la lumbre?...
Este era otro rito famoso.
“Al atardecer, cuando los presos llegaban de la escuela para pasar lista, oír la Orden del Día y cenar, de las casas de los empleados empezaban a salir los homosexuales que por lo general trabajan como sirvientes y todos reunidos se dirigían a las cocinas de los presos a recoger las brasas con que después prenderían la lumbre. Ese es el pretexto para mezclarse con “los hombres”, hablarles, hacer la cita clandestina para más tarde, entre la playa y los espinos, buscar querella, oír requiebros, todas estas cosas de las que nadie se sorprendía y eran tan naturales como una conversación sobre el tiempo.”
Y precisamente del grupo de homosexuales, “La Mariposa” es del único que se tiene su historia, forma parte de los relatos que Martínez Ortega titula Ruidos de la vida, donde un grupo variopinto se reúne alrededor de la escritora cuando esta se encuentra convaleciente por paludismo.
La conversación gira alrededor de las razones por las cuales terminaron en las Islas Marías, mientras dos de los asistentes, un cocinero de origen japonés de nombre Tomita y un dulcero llamado Raúl Jiménez Melgarejo, conocido como “262” describen los crímenes que les han sido imputados, "La Mariposa" narra su infortunio y con ello la criminalización que al día de hoy viven las poblaciones LGBTIQ+ en México:
La “Mariposa” era un homosexual encargado del aseo de la casa y del arreglo de mi ropa que planchaba y recosía con una pericia extraordinaria. Por las noches, lo encontraba en la cocina, excesivamente pintado, departiendo con otros homosexuales que prestaban sus servicios en las casas contiguas.
-Ustedes, - dice la “Mariposa”- “tan siquiera están aquí por algo que vale la pena, pero yo … nunca he robado, nunca he matado, nunca me las he “tronado” … Dios está de testigo que sólo por mi defecto… “
Un día me invitaron a bailar en casa de unos “rotos”, y fuí vestida de mariposa; nos encontró la “poli” y así con ese traje me llevaron a la demarcación y luego acá en viaje directo; claro que los rotos eran tan … bueno …, tan como yo, sólo que con dinero, y por eso no les hicieron nada.
Cuando salga libre y usted esté en México, a ver si me da trabajo en su casa; porque seré lo que “serse fuera”, pero a honrada nadie me gana.
Esta descripción de los hechos por parte de “La Mariposa”, se une al de las famosas redadas, torturas y encarcelamientos, prácticas habituales que se remontan a inicios del Porfiriato teniendo en el baile de los 41 su episodio más emblemático, hasta la década de los ochenta durante el fin de la Guerra Sucia en México.
El testimonio de “La Mariposa” es valioso en el sentido de contar con una narración procedente de los años treinta, de un homosexual marginado ya que generalmente los relatos provienen de grupos pertenecientes a la elite (social, cultural, económica) y son ellos los encargados en dejar testimonios que a la postre, terminan convirtiéndose en la historia oficial de las disidencias en México.

Más adelante, en el mismo relato, Martínez Ortega menciona a “La Ramona”, aquel homosexual que antes había descrito como “un verdadero esperpento” y su costumbre de fingir enfermedades.
“Hasta mi llegan al estertor de la estufita de gasolina, el ruido del agua en que hierven las jeringas y la voz airada del ambulante que despide a “Ramona”, el infeliz homosexual que se queja de un fuerte dolor de “cintura”…”
Después de estas descripciones, la presencia de los homosexuales dentro del tramo final del libro, el bloque de relatos que abordan la muerte, disminuye. Si bien se mencionan relatos como el de dos presos que forcejean por una confusión sobre la orientación sexual ocasionado la muerte de uno de ellos, o la llegada de personajes que rompen con la monotonía de las Islas Marías:
“Uno de los jóvenes toxicómanos, de voz afeminada y elegantes modales, pasaba los días en la botica en busca de la droga que se le suministraba en dosis ínfimas, y abominaba de sus parientes que soñaban en regenerarlo”
El grupo de homosexuales que pasan su reclusión en casas realizando labores domésticas y los domingos en el teatro, coqueteando y divirtiéndose con los asistentes, se convierten en los personajes más entrañables dentro de este “Desfile desconcertante e interminable de asesinos, rateros, homosexuales, toxicómanos y prostitutas”.
Tal vez sin proponérselo Martínez Ortega documenta el vestir, actuar, la jerga y las prácticas sexuales de un grupo de homosexuales marginados y encarcelados, algo inédito en la literatura mexicana de aquellos tiempos. El referente más cercano podemos ubicarlo en La estatua de sal, las tempranas memorias de Salvador Novo durante sus andanzas en la Ciudad de México de los años veinte principalmente. Aunque, hay que considerar que La estatua de sal, fue escrita en los años cuarenta y publicada en 1998, veinticuatro años después de la muerte del escritor.

En la entrevista recuperada dentro del reportaje dedicado a Martínez Ortega con motivo de su fallecimiento, la escritora rememora las razones que la llevaron a escribir el libro y la recepción que obtuvo en aquellos años:
-En las islas Marías vi casos tan crudos y otros tan románticos que nunca le perdonaré a Raúl Carancá Trujillo el no haberme dejado publicar un capitulo en donde un hombre en la noche se iba a la playa y hacia una mujer de arena y luego se acostaba con ella. Al día siguiente amanecía la mujer semideshecha, semidestruida por las olas y cubierta de espuma de mar y semen.
-¿Qué otros capítulos están omitidos en las dos primeras ediciones de “La Isla”, Judit?
-Otro sobre el terremoto. Pero eso fue por razones económicas. Constaba mucho más dinero y nadie tenia fe en “La Isla”. Fue cuando el mar se tragó Cuyutlán. Hubo un maremoto tan fuerte que una ola vino y se tragó todo un pueblo de Colima. En las Islas fue espantoso.
-En una bolsa de plástico tiene Judit guardados un álbum y gran número de recortes de periódico en donde muchos escritores, como Antonio Gómez Robledo, Salvador Novo, José Juan Tablada, Teja Zabre, José Ángel Ceniceros, Jacobo Dalevuelta y Pedro Gringoire hablaron de “La Isla”.
-Fue difícil, pero conseguí que me prestara la bolsa y de ella extraje algunos fragmentos que reproduzco a continuación.
-Y Alfonso Teja Zabre dijo: “Es un libro inquietante “La isla”, de Judit Martínez Ortega. Tiene la crueldad de “Spleen de Paris” por el refinamiento baudeleriano de tratar con sobria belleza la lujuria y el crimen. Esta vez la mano de mujer hace un bordado con seda roja en carne humana”.

La isla, es un testimonio importante dentro de la historia disidente en México, escrito desde la fascinación y empatía de Judith Martínez Ortega, una escritora y obra que deben ser descubiertos y revalorados.
