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Montenegro, comandante del viento

Resulta esperanzador encontrarse con exposiciones como Roberto Montenegro. Muralismo fuera de la norma, que se acaba de inaugurar en el Museo del Palacio de Bellas Artes. Lo es en tanto revaloración de un artista genial pero también por el reconocimiento, aunque tangencial, de la homosexualidad del jalisciense. Creo que, así como la grandeza de unos se reconoce y pregona sin escatimar en el señalamiento de su heterosexualidad marcada por el machismo y la misoginia, la genialidad de otros, como Montenegro, debería indicarse y celebrarse ligada precisamente a una sexualidad fuera de norma.


En el archivo del pintor que resguarda el Centro de Historia de México (CEHM) se encuentra una infinidad de fotografías. Hay autorretratos pioneros de las selfies, fotos grupales, retratos que le dedicaron amigos y (posiblemente) amantes además de registros de sus múltiples viajes. Destaca en las imágenes de su autoría la mirada del artista. Deslumbra la composición de esos recuadros, instantes de cotidianidad, que ahora bien podrían dar forma y contenido a una exposición en exclusiva.


Él, que vio con ojos apasionados la arquitectura del cuerpo masculino —no olvidemos a su Pescador de Mallorca, por ejemplo—, conocía muy bien la propia y la lucía al posar frente a la cámara. Pero también estudiaba la arquitectura corporal de los que le rodeaban. De esa labor se puede señalar como testimonio elocuente y trágico a su censurada figura masculina en la versión original del mural El árbol de la vida, que recibe al espectador al inicio de la exposición. Al lado del texto con el que se presenta la expo curada por Daniel Garza Usabiaga, se encuentra una fotografía de esa pieza en su composición primera. Al reverso de la mampara hay una reproducción de El árbol de la vida tal como se puede ver ahora en el Museo de las Constituciones en el Centro Histórico de la Ciudad de México.



Al hablar del muralismo pionero y excéntrico de Montenegro se debía partir justamente de su muro comisionado por José Vasconcelos. Cronológicamente se trata del primer muro pintado a partir de ese movimiento que se convertiría en EL movimiento pictórico nacional. Sin embargo, la apuesta estética y la presentación de un hombre desnudo, estático y en pose de lucimiento, no cayó bien en ese momento en que la transformación del país incluía también a la sensibilidad del arte, pero sin salirse de la norma no escrita pero ampliamente observada: la supremacía de la virilidad.


Esas representaciones de la masculinidad “en los límites normativos en la representación de los cuerpos, así como en imaginarios ambiguos y sugerentes”, como puede leerse al ingresar a la primera sala, fueron, creo firmemente, uno de los motivos por los que ese primer muralista quedó fuera del grupo que después declararía una ruta única y una exclusividad de temas.


Esa sugerente ambigüedad no solo se presenta en su Desnudo masculino (Estudio de Tasso) (1942) sino también en su archivo fotográfico. Así como no sabemos quién es el hombre que luce su espalda y sus nalgas en el lienzo, tampoco hay claridad sobre la identidad de un hombre desnudo cuya fotografía está rota. ¿Será que el pudor guio la mano del pintor para que quedara únicamente su torso? Aunque tal vez decidió que lo que hoy no vemos se quedara para la posteridad únicamente en su memoria.




Montenegro, me parece, estuvo siempre fuera de la norma y tanto su muralismo como su obra pictórica y gráfica en general, así lo demuestran. Sus arlequines, presentes también en la primera sala, poco tienen de festivos. La tonalidad fría con que fueron pintados y el alargamiento de sus manos y facciones los dotan de cierto aire siniestro.



Además, es posible plantear el parecido entre estas figuras y el fotógrafo ruso George Hoyningen-Huene. Se puede proponer incluso que en la pieza Las bellas artes (1947), este último aparece al lado de su pareja, Horst P. Horst.



Una presencia que no se puede poner en duda en el recorrido de la exposición es la del cineasta ruso, Serguei Eisenstein. De visita en México a inicio de la década de 1930, tuvo una relación cercana con Montenegro y este último lo retrató en uno de los paneles del mural que pintó en el Antiguo Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo. El director aparece severo, celuloide entre las manos, mirando fijo a su espectador entre un par de muros cortos y bajo un arco que sirve para enmarcarlo pero que podría también interpretarse como un nicho en que el amigo, quizá el amante, quedó contenido y resguardado para la eternidad.



En el archivo del CEHM una fotografía de Eisenstein y Montenegro destaca por su composición. Parecería, como dice en la descripción, la captura de uno de los muchos momentos vividos por el cineasta y su séquito fílmico, de camino a Colima. Pero al observarla a detalle se puede argumentar que nada en la imagen fue dejado al azar. El director aparece en el primer plano, bañado por el sol y viendo con curiosidad, sorpresa y reto a la lente. En un segundo plano está Montenegro de perfil, pretendidamente inconsciente de que es observado, y al fondo otra figura masculina de perfil que, por su tamaño, es difícil identificar. Todos rodeados de una densa vegetación, pero en una disposición tal que remarca la vasta profundidad del entorno y refuerza la idea de que ellos, así como el sol, se abren paso entre lo inhóspito y lo salvaje para filmar las riquezas que hacen gritar: ¡Que viva México!



Entre los retratos incluidos en la exposición me parece necesario destacar el de Genaro Estrada, quien fue Secretario de Relaciones Exteriores (1924). Ese puesto, según Salvador Novo en La estatua de sal, le demandó dejar su empedernida soltería, pero le posibilitó facilitar “discretamente el ingreso en el honorable cuerpo diplomático y en el consular, de las loquitas jóvenes y de buenas familias que buscaban su patrocinio”. Así, añadió Novo, en cada representación mexicana en el mundo se podía encontrar por entonces “a un bonito miembro de la cofradía”. Fue Estrada también quien apoyó económicamente a José Clemente Orozco cuando este salió hacia Nueva York en 1927, con lo que se refuerza lo dicho en La estatua de sal: “Sus protegidos no eran necesariamente sus predilectos”.



Del retrato de Estrada llama la atención la disposición de sus manos. Aunque excelentemente dibujadas aparecen torcidas. La derecha sostiene a la izquierda y esta última, alargada y más blanca, sirve para lucir un anillo. No es una sortija de matrimonio sino uno con una piedra ovalada que refleja la luz. ¿Qué sugiere esa posición de las manos? ¿Qué esconde?


Es quizá en las manos que radique el código de identificación creado por Montenegro. Mientras que las musculaturas deseables, fundamento de la arquitectura masculina delectable, lucen en todo su esplendor en el mural La industria, el comercio y el trabajo (1950-1952), también presente en la exposición; los integrantes (posibles o declarados) de la cofradía homosexual señalada por Novo, parecen encubrir a los no entendidos su pertenencia a ese grupo especial para desvelarla con la elongación de sus dedos y mediante lo esquivo de sus miradas. Esos elementos, se puede decir, contenían “el secreto que los hombres que van y vienen conocen” sobre el que escribió Xavier Villaurrutia.




Si es menester criticar algo a la exposición es el hecho de que el mural Alegoría del viento —que forma parte de la colección del Palacio de Bellas Artes desde hace más de cuatro décadas—, queda un tanto desintegrado. Si bien es cierto que se ubica justo entre dos de las salas dispuestas para mostrar nuevas luces sobre Montenegro, la pieza llega a pasar desapercibida por los visitantes. Un hecho que se mantiene en un día regular puesto que su ubicación en una de las esquinas parece remitir a la idea a la que esta exposición quiere rebatir: el muralismo de Montenegro no es una nota al pie en la Escuela Mexicana de Pintura.



Y añadiría que, así como su muralismo no es tangencial ni menor, tampoco Montenegro es una figura complementaria del arte nacional y que, así como esta muestra lo revalora y presenta a las nuevas generaciones, su mural eólico debe aún despejar los nubarrones en torno a su ejecutante y para ello necesita una mejor ubicación.



Roberto Montenegro. Muralismo fuera de la norma se podrá visitar en el Museo el Palacio de Bellas Artes, de la Ciudad de México, hasta el 6 de septiembre de 2026.

 
 
 

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