La precariedad emocional del ser humano, entre confesiones y humor en El quinto paso
*Daniel Veronese dirige a Memo Villegas y Arturo Barba en la obra de David Ireland
* Últimas funciones de la temporada hasta el 11 de octubre
Alegría Martínez
Pedir ayuda para dejar atrás una adicción, exige que la persona haya transitado previamente por un arduo proceso de autoconciencia y vencimiento de obstáculos. Estar frente a un ser humano desconocido, que ha vivido la experiencia y ofrece su ayuda, inicia un camino de confesiones y secretos que dejarán ver, entre humor y sorpresas, quién es en el fondo cada uno.
Quienes hayan estado ante un podio, frente a rostros serios, compasivos y solidarios, durante una confesión aceptada en público sobre acciones adictivas que supuestamente le han ayudado a sobrevivir, pero que a la vez producen un culpa constante, comprenderán mejor aún a los personajes de la obra El quinto paso, de David Ireland, que con interpretación de Memo Villegas y Arturo Barba, se escenifica en el Teatro Rafael Solana.

Delgados tubos de luz delimitan sobre el piso del escenario, un pentágono en el que se encuentran dos hombres. El joven atribulado y ansioso Luka, en busca de ayuda, representado por Memo Villegas y el maduro James, que se ha conservado sobrio durante años, interpretado por Arturo Barba.
Ambos bajo la dirección de Daniel Veronese, que conduce a su elenco por una intrincada cuesta emocional para descubrir qué le falta a cada personaje por vía de las palabras, enfrenta mediante un profundo trabajo de análisis, la inteligencia emocional del que pide auxilio, con la de quien, en teoría está ahí para extender su mano al necesitado.
Pedir ayuda sin saber lo que implica emprender el proceso, y otorgarla desde una especie de superioridad mal entendida -que superficialmente avala el hecho de haber cumplido una meta a la que se ha llegado después de cumplir los pasos que exige el programa de rehabilitación de Alcohólicos Anónimos- ubica a los dos únicos personajes, en un inteligente juego en el que las vivencias que debían unirlos, en oposición con su postura individual, los transforma en contrincantes.

El texto del dramaturgo norirlandés, David Ireland, deshebra el estado de fragilidad del personaje que busca dejar atrás su adicción, diluir la continua sensación de estar lejos de pisar suelo firme, mediante la sustitución del alcohol por otro hábito, preso candorosamente de una nueva dependencia.
El actor Memo Villegas construye con brillantez a su personaje, entre inocente y altanero, ingenuo y franco, que en su desparpajo provoca asombro, risa y empatía, mientras en su intermitente declive, el joven alcohólico que interpreta, avanza en su autodescubrimiento y en comprender las herramientas y el alcance de la mentira y la manipulación.
Barba, en el papel de un padrino convincente, que oculta viejos hábitos, hace caminar a su personaje equilibradamente, en sentido inverso a lo que éste predica. Ruta que bajo la dirección de Veronese, el actor transita a través del sosiego calculado y de una tensión dosificada, que en esta oportunidad, le permite generar los diversos matices que su personaje requiere, hasta el momento en que el joven apadrinado y el público, se enteran de quién es aquél, verdaderamente.

El quinto paso abre un diálogo que tiene lugar generalmente en privado, aunque los hechos a los que se aluden tengan consecuencias públicas, como si tener una adicción, cualquiera que ésta sea, -aunque en este caso se refiere al alcoholismo- fuera equiparable a cometer un delito.
El texto rescata a un personaje que toma conciencia de su necesidad de estar sobrio, lo transforma en un hombre capaz de desenmascarar bajezas, y pone al descubierto la vulnerabilidad propia de todo ser humano. Evidencia también, que en ocasiones, quienes se erigen en salvadores no han trascendido aún sus propios obstáculos y abre la puerta al vertedero propio, a la adicción de cada quien, que al generar una satisfacción efímera, abre una profunda espiral en descenso.
El montaje, a partir de un buen texto, articula una especie de juego de ping pong verbal en el que cada frase cae, como una ligera pelotita blanca para rebotar en la raqueta o respuesta del contrincante con agilidad, en un intercambio de ardides, culpas, confesiones, mentiras, manipulaciones y hallazgos entre dos seres humanos que han puesto a ventilar sus flaquezas.

El prestigiado dramaturgo, titiritero, actor y director bonarense, fundador del grupo El periférico de objetos -cuyo montaje de Mujeres que soñaron caballos, obra de su autoría, tuvo gran éxito en nuestro país, además del de La persona deprimida de David Foster Wallace, que con su adaptación y bajo su dirección, contó con la extraordinaria actuación de Carolina Politi, entre otras puestas en escena- ubica a los dos actores de El quinto paso, al centro del pentágono de luz que los acota entre sillas plegables, una mesa con cafetera y vasos desechables, elemento clave vinculado al proceso de rehabilitación que implica admitir, ante sí, el padrino y ante Dios, los propios defectos.
La meticulosa dirección de Veronese, -que introduce con precisión la delicada escena de una breve transformación externa por parte del padrino- somete al elenco al ejercicio de una constante acción interna, sin salir del pentágono lumínico, que proyecta una amplia diversidad de significados e imágenes.
Asimismo, exige al espectador paciencia, atención y escucha para percibir con nitidez la acción final, metáfora que cierra el círculo, abierto al inicio de la representación, vinculada a un objeto (que en ese inicio requiere un ritmo propio, sin celeridad), para catapultar, sin que sea obvio, la importancia de lo que implica poner en práctica El quinto paso, ante uno mismo, un desconocido, y ante el testigo mayor de la confesión.
El quinto paso exhibe, con franqueza y crudo humor, la precariedad emocional en la que se encuentra el ser humano.
Créditos:
Dramaturgia: David IrelandDirección: Daniel VeroneseElenco: Memo Villegas y Arturo Barba
Producción: La gran audiencia, En llamas producciones y Memo Villegas
Aquí el dato:
El quinto paso se presenta los viernes a las 20: 30 horas, sábados a las 18:00 y 20:00 horas y domingos a las 17:00 y 19:00 horas, en el Teatro Rafale Solana, ubicado en Miguel Ángel de Quevedo, No 687, Barrio del Cuadrante de San Francisco, Coyoacán, hasta el 11 de octubre.
Duración aproximada: 70 minutos




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