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Zárraga, entre revelación y apropiación

hace 2 días
5 min de lectura

Sube el visitante, sigue las curvas de esa escalera transitada por los ecos de otro(s) México(s) y al entrar a la sala se encuentra con la suavidad de una pose que rezuma sensualidad, pero, principalmente, homoerotismo…

 

Pero ¿lo hay realmente? ¿Es homoerótico el contrapposto del San Sebastián de Ángel Zárraga? ¿O es una mirada impuesta a una pieza estrictamente devocional ejecutada de un pintor que, como reveló en la cartela incluida en el lienzo: quiso celebrar al Señor [del cielo] con una obra áspera y humilde a falta de complicados versos?

 

Recorrer las salas de la exposición Ángel Zárraga. Los Ideales del Arte, recién inaugurada en el Museo Nacional de Arte (MUNAL) de la Ciudad de México, lleva a pensar justamente en esas dos posibilidades. ¿El pintor reveló lo entonces indecible en sus lienzos? ¿O los que queremos escuchar o confirmar esa revelación encontramos indicios que responden al deseo propio y a la apropiación de la belleza?



La exposición, magistralmente curada por David Caliz, ofrece un amplio recorrido por la existencia artística de un mexicano que, afincado durante años en París, estuvo alejado de las demandas específicas que el Estado posrevolucionario realizó al arte nacional, para indagar en intereses propios marcados por el cruce de la técnica, con un realismo de vena neoclasicista, una paleta saturada que atrapa la mirada sin deslumbrarla y una síntesis espiritual entre el catolicismo y la propia elucubración sobre el cuerpo como manifestación de la perfección divina. Caliz, en el texto inicial que preside la entrada junto al San Sebastián, indica: “Su obra se consolida como una apuesta de libertad estética, poética y espiritual”.

 

Luego de recorrer las sinuosas curvas de la escalera del MUNAL y verlas replicadas en las líneas que marcan el recorrido por el lánguido cuerpo semidesnudo del santo saeteado en el corazón, es factible que se active una mirada marcada por lo que muchos llamarán morbo, pero otros calificaremos de reconocimiento. ¿Acaso la apuesta por la libertad que hizo Zárraga tuvo a la religión como freno ante un deseo que no cumpliría con el mandato de “multiplicaos”?

 

El pintor navegó entre los siglos XIX y XX por lo que posiblemente atestiguó el tránsito entre el ejercicio de una sexualidad heterodoxa que no implicaba necesariamente una identidad militante, y la toma de conciencia respecto de una diferencia señalada en oposición a lo calificado como normal. Nacido en 1886, Ángel Zárraga llegó con 14 años al nuevo siglo y tenía 15 cuando sucedió el famoso baile que, en el caso mexicano, asoció languidez y delicadeza con distinción injuriante y descalificadora. Por entonces ya era estudiante de arte y en 1904 emigró a Francia, Bélgica y España en una suerte de peregrinaje para encontrar la formación académica que le resultara más adecuada a sus inquietudes.

 

¿Habrá encontrado en ese periplo algo más que técnica y rigor formativo? ¿Ese periplo podría responder a una búsqueda más íntima sublimada en sus lienzos? No es posible saberlo con certeza puesto que no hay testimonio directo y evidente al respecto. Sin embargo, sus obras parecen sugerirlo. Las musculaturas de sus retratados, marcadas al completo y recalcadas con atuendos que parecen insinuar o con una semidesnudez que invita a fantasear, pueden hoy ser interpretadas como un código visual que enuncia lo que la palabra no se atrevía.

 

La ventaja de ese tipo de composiciones y de constituciones corporales es que, como todo código, pueden pasar por una cosa para los no entendidos, mientras que revelan, como con luces neón, sus secretos a los que poseen la clave para el desciframiento.

 

A tono con estas veladuras de expresión está integrado una suerte de pudor tanto en el Sebastián que, malherido, descansa de perfil absorto en su sufrimiento; como en los reyes magos captados en una adoración divina que mucho tiene de ritual pagano; o en los jugadores de fútbol y rugby que, pese a posar no denotan intencionalidad o siquiera reconocimiento de la mirada que evidentemente los analiza y recorre palmo a palmo.

 


A diferencia de la sensualidad desfachatada y retadora que trasluce en piezas del canon homoerótico también presentes en el acervo del MUNAL, como El taxi, de Manuel Rodríguez Lozano, Pescador de Mallorca, Roberto Montenegro o el Autorretrato de Abraham Ángel, en que todos los sujetos miran directamente al espectador, todos los atletas masculinos de Zárraga rehúyen la mirada. La desvían sin cálculo, son simplemente escenas de su cotidianidad, instantes congelados en y para el tiempo. Así, su erotismo radica únicamente en quien los observa y no en el juego de mirar para invitar.


Ángel Zárraga
Ángel Zárraga

 


Rudi C. Bleys en su libro Images of ambiente. Homotextuality and Latin American Art, 1810-Today (2000) utiliza el término de gayacidad para nombrar esa difusa, elusiva y quizá indefinible mirada/expresión de la no heterosexualidad que se adivina o se confiere a obras de arte que tienen por protagonistas a sujetos (y a veces también a sus ejecutores) que bien podrían formar parte de ese grupo especial de varones.

 

La gayacidad, dice Bleys, puede encontrarse al conocer y analizar el contexto de ejecución de la pieza y la posible intencionalidad del artista; pero también puede reconocerse a partir de los elementos de la obra per se. Como puede ser una remarcada suavidad en la pose, una insinuante semidesnudez siempre justificable en tanto referencia al neoclasicismo o la evidenciación de la fuerza corporal que por potente y casi indómita, toma a su antojo.

 

¿Existe gayacidad en la obra de Zárraga? Yo creo que sí. ¿Ejerció Zárraga una sexualidad heterodoxa a su época? No lo puedo asegurar, aunque por los indicios de su obra pensaría que hay posibilidad.

 

En ese sentido destaca su magnífica pieza Tres futbolistas con boina (ca. 1921), en la que, haciendo un deliberado ejercicio de apropiación, podemos decir que hay una gayacidad tripartita. Es una trinidad heterodoxa y sensual que con la blancura de sus uniformes marca no solo músculos sino siluetas potentes. Los torsos en estricta V sirven de pedestal a rostros de gran belleza y el grosor de sus pantorrillas y muslos parecen estar a juego con los enormes glúteos que sugieren los shorts y los cinturones oscuros que señalizan las breves cinturas.

 


Están entrelazados mediante sus manos. Una pone la suya sobre el hombro del que está en el centro, este, a su vez, posa su mano no en la cintura del que está a su derecha sino sobre el glúteo de ese compañero. Los dedos se posan suaves sobre esa curva prominente. Son ellos dos los que, además, sostienen delante suyo un balón que es más un orbe. Pareciera que anuncian un mundo aparte, propio, solo de ellos tres y de los que son como ellos tres.

 


La posible lucha interna tanto de los ignotos futbolistas retratados como de su ejecutante se revela en la cruz roja que les cruza el corazón. En los cuatro cuadrantes que forma la cruz aparecen las iniciales I H S V: “In hoc signo Vinces” o “Con este signo vencerás”, promesa realizada por la divinidad cristiana a Constantino el Grande quien tras vencer enarbolando una cruz, se convertiría al catolicismo. ¿Cuál batalla estarían librando los futbolistas de Zárraga o él mismo como para necesitar intervención celestial?

 


Hoy solo podemos elucubrar sobre lo que posiblemente el pintor quiso enmascarar en sus cuadros para la posteridad, mientras nos apropiamos de sus imágenes para ampliar o reafirmar un canon estético de la no heterosexualidad. Ambos procesos, por suerte, los podemos ejecutar ahora en las salas del MUNAL.  

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