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El eco de mágicos momentos enroscado en violencia

El eco de mágicos momentos enroscado en violencia

 

 

 Alegría Martínez

 

Una mujer de pie, ante la ventana de su cocina, mira a la distancia como si sus pensamientos al vuelo le permitieran dejar su cuerpo plantado ahí, donde hornear equivale a transformar su amor en un delicioso pan, para llegar hasta el corazón de su hijo.

 

La modernidad del fin de los años 50, instalada en un audaz color naranja, que resalta en muebles de cocina, sillas de antecomedor y teléfono de pared, se  mezcla con flores blancas y amarillas en el  papel tapiz, que le da un toque optimista a la cocina integral de Mariana, una mujer que muestra al público cómo hacer panqué de arándanos, mientras comparte episodios de su vida.

 

Flores de vivos colores, en sintonía con las que dominan el espacio, adornan también bolsas, pechera y hombreras del mandil tableado del personaje: una madre dedicada a consentir, alimentar, vestir, educar y cuidar de su hijo, que fue valientemente amamantado, -incluso en lugares públicos, ante reacciones adversas.

 

El personaje de este monólogo se dirige con una sonrisa a su público, que la escucha atento, festeja sus anécdotas cotidianas, sus secretos culinarios, como “el suspiro de vainilla”, preciso y necesario para dar buen sabor y tomarse una pausa. Recuerdos de boda, de juventud, de crianza y críticas femeninas disfrazadas de consejos, rondan las acciones amorosas de una mujer dedicada a arropar a su hombrecito en desarrollo.

 



En tono amable, inserta en un entorno de bienestar, Mariana se desenvuelve con gracia y soltura mientras va de un lado a otro con su tazón, su batidora de mano y abre uno que otro huevo, cuyo contenido escurrirá cuando el recuerdo de algún  suceso escape de la vida perfecta.   

 

Peinada hacia atrás con parte de su cabello recogido en red, zapatillas de charol negro, adornadas con moño al centro y vestido oscuro bajo el mandil, el personaje comenta que su amor materno ha dejado a su hijo en libertad de elegir sus propios límites, desde tierna edad.

 

Parecería que todo ha sido miel sobre hojuelas, hasta que 20 años después, una noticia transmitida por televisión, abre la puerta del laberinto en el que entrará esta madre que ha dedicado dos décadas de su vida a su único hijo.

 

Guadalupe Damián escribe, codirige con Juan Carlos Vives, y actúa Una buena madre, montaje que introduce al espectador en ese aparente mundo idílico, en el que una ama de casa, forma parte sin proponérselo, de la inmensa cadena de violencia que azota al mundo.

 

Inmersa, desde que conoce al hombre que será su esposo, en una espiral de machismo, violencia y acciones que se agigantan hasta engarzarse con poder, corrupción, encubrimiento y delitos sexuales, la mujer que se ha planteado como objetivo ser una buena madre, descubre casualmente en qué tipo de hombre se ha convertido el hijo que amamantó.

                                                                             



                            

El montaje transita entre sonrisas e instrucciones para batir huevos y harina, hasta crear la masa y hornear el tiempo justo en el que se cuece el pan dulce, e introduce tersamente al público en la ilusión que sostiene a esta madre, que afanada en ser la mejor, sigue su vida entre la ilusión y el sobresalto causado por  agudos ruidos de posibles roedores, que quizá sean parte de su adormecida  alerta interna.

 

Una sociedad habituada a ignorar ahogados signos de alarma, genera el caldo de cultivo que se expande desde hace siglos. Amar no es antídoto contra el veneno que inunda a buena parte de los seres humanos.

 

Sucesos como el asesinato cometido por Nokubonga, “La madre leona”, en Sudáfrica, en 2019, al defender a su hija de una violación colectiva, o la atrocidad cometida por los cinco jóvenes de La manada, en 2016, en España y por Los porkys en México, en 2015, agujerean los pensamientos de Mariana.

 

Envuelta en sonidos y letras de canciones de amor y nostalgia que marcaron toda una época -como “Call me irresponsable”, “My girl” “Everlasting love”, o el icónico “Magic moments”, éxito de 1957, en voz de  Perry Como- la protagonista de Una buena madre toma una drástica decisión ante el abismo abierto a la incredulidad, la culpa, la responsabilidad y el aguijón de lo que debió haberse hecho antes y  durante la crianza, como si la responsabilidad -repartida en una sociedad indolente y machista-, cayera del todo en la mujer que dio a luz a un ser humano.

 

Guadalupe Damián y Juan Carlos Vives, crean detalladamente una obra que sacude conciencias, a través de un juego en apariencia ingenuo, arropado por calidez y humor, que atraviesa épocas sembradas de furia agazapada y avanza hasta evidenciar la omisión, la indiferencia, o la forma deliberada en que se genera una complicidad de violencia creciente: veneno que se cuela hasta la cuna, entre el mandil, las manos, el corazón de una amante madre y las flores del decorado.

 

Una buena madre, cuenta con escenografía de Félix Arroyo, iluminación de Sara Alcántar, vestuario de Giselle Sandiel y diseño sonoro de Jorge Valdivia.

Asistente de dirección, Ana Escalante. Asistente de producción y fotografía, Delia Ventura. Asistentes de producción y medios: Carolina Anzures, Kristof  Anguiano, Karen Castellanos y Alonso Justiano. Maquillaje y peinado, Maricela Estrada. Producción: La Más Alta Producciones y Búho Grande.    

 

   

Aquí los datos:

Una buena madre se presenta hasta el 28 de abril, en la Sala Xavier Villaurrutia del Centro Cultural del Bosque, Reforma y Campo Marte, Polanco.

Funciones: Jueves y viernes 8:00 pm. Sábado 7:00 y domingos 6:00 pm.

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