Adiós, Chucho
- Ignacio Torres

- hace 3 días
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Se puede pensar que la cercanía entre el agua y el papel terminará irremediablemente en la disolución del segundo, confirmando su fragilidad. Pero todo depende de cómo se ponga en contacto a ese elemento con ese material, algo que supo hacer muy bien José de Jesús Benjamín Buenaventura Reyes Ferreira quien hizo del agua, la tinta y el papel la base para una creación artística que hoy puede verse como un colorido bestiario poblado no solo por animales comunes fantásticamente dibujados, sino por monstruosos sentimientos que, desde afuera y desde adentro, transforman fundamentalmente a quienes los experimentan.
Hoy, 5 de agosto, se cumplen 49 años de la muerte de “Chucho” Reyes, el eterno y fugaz, el artista anticuario que debió huir de Guadalajara, su ciudad natal, cuando en 1938, el diario Las Noticias publicó el titular: “Se halla preso el pintor R. Ferreira. Una dama, escandalizada, denunció las sesiones artístico-literarias que celebraba como sospechosas saturnales”. Tenía casi 58 años, ¿cómo concebir siquiera que, pasada la media vida, fuera necesario decir adiós y comenzar otra existencia?

Entre agua, tinta y papel. Entre lo frágil, lo fugaz, lo etéreo… habían transcurrido esas casi seis décadas de vida de Chucho Reyes. Decoró bailes suntuosos, organizó festivales escolares, espectáculos teatrales y mascaradas, pero las máscaras solo tienen sentido durante la fiesta y cuando deja de sonar la música es momento de quitarse la careta. Y en 1938 Guadalajara se la quitó. Se podía tolerar al decorador, al coreógrafo, al escenógrafo, al artista reconocido unánimemente por su buen gusto y exquisiteces, pero a cambio ese dandy a la tapatía debía moderarse. Bajar el arco de sus cejas, disimular el deseo en su mirada, modular el modo en que sus manos se movían… era necesario que no llamara tanto la atención. ¿Cómo lograrlo? Era justamente por su distinción, por su excentricidad a duras penas contenida, que lo buscaban para organizar fiestas, para decorarlas, para coordinar a otros y emocionar a todos con el resultado.
Guadalajara se quitó la máscara y persiguió a ese que tanto disfrute le había dado. Barriendo las calles, entre gritos e insultos, salió de la ciudad y desapareció de las notas periodísticas en que se daba cuenta de lo mejor de la sociedad. Más de un año después su nombre volvió a mencionarse en las páginas de la prensa, El Informador publicó: “Instalados en la capital de la República en donde fijaron su residencia, en la calle de Isabel la Católica, se encuentra ya el señor don Jesús Reyes Ferreira y sus hermanas las señoritas María y Antonia”.
Otra ciudad, nueva vida. Las calles del máximo punto urbano del país se convirtieron en el nuevo dominio de Reyes Ferreira. Salió del terruño pero ganó un reino entero para poblarlo con sus gallos coloridos, sus caballos desbocados de anilina, sus arlequines y payasos, sus bailarinas con tutú de nube y sus jarrones desbordados de flores saturadas de color y pétalos perennes, atrapados para siempre en el papel. Se unió allá a otros fugitivos de Jalisco, como Roberto Montenegro y Luis Barragán. Uno hizo de la capital el reino de sus murales, pinturas y retratos, el otro pobló al nuevo terruño con sus casas de vibrantes tonos. Los tres encontraron en la enormidad citadina una enorme libertad.
Los pesares suscitados a causa de su mirada, entre desdeñosa y coqueta, en la Ciudad de México se tornaron en oportunidades. Sus ojos inquietos, como de papel volando, demostraron que estaban hechos para la belleza, que estaban ahí para crearla, recrearla y recrearse en ella.
Pero la herida se mantuvo abierta y el adiós a Guadalajara parece múltiple, repetido al infinito. Una de sus obras así lo sugiere. Una anilina sobre papel de china muestra un rostro humano esquemático: un par de trazos marcan una nariz curva entre dos ojos saltones soportados sobre ojeras dibujadas en envidioso amarillo. Más abajo una boca muy abierta muestra una larga hilera de dientes renegridos e irregulares y una larguísima lengua sanguinolenta con tajos marcados por líneas negras. Rodeando al apéndice de la maledicencia se lee: “Algo muy feo de mi linda tierra”. ¿Será acaso el retrato imaginado de la escandalizada dama que lo acusó en 1938? O quizá es la cara de su ciudad natal, el rostro real ya sin la máscara de cordialidad que le había mostrado durante varios años.
Entre papel de china, cartulinas, gouache y anilinas de colores varios, Reyes Ferreira se aferró a la creatividad, a la belleza, esa que podía plasmar con un par de trazos o comprar en los mercados de antigüedades para rodearse de ella. Se entregó a la puesta en escena de su existencia y en su propia casa, ya en el 20 de la calle Milán en la Colonia Juárez. Ahí se mudó la fiesta del color que comenzó todos los días en cuanto se levantó la cortina. Una larga vida, alegre mascarada, entre esferas de cristal, biombos floridos y calaveras que, sin nada más que huesos, comen sandías sin escupir las semillas con la esperanzada de, cuando germinen, albergar vida otra vez.

El adiós terrenal fue el 5 de agosto de 1977, a los 96 años, pero la presencia se mantiene. El agua siempre vuelve a su cauce, poblada del deseo que nada alborozado. A una cuadra de donde vivió Jesús Reyes Ferreira en el centro de Guadalajara existe, desde hace años, un polo de atracción para los que aman como él lo hizo. En el cruce de Morelos y Pedro Moreno está el casi mítico California’s Bar, ahí las noches cobijan a los perseguidos por la urgencia y la libido y entre tragos y luces se posibilita la conquista. La música invita al movimiento, la sed a caminar hacia la barra, y en ese andar pausado entre decenas de ojos expectantes es sencillo acercarse a pedir un cigarro, hacer conversación, sugerir… Me gusta imaginar que José de Jesús Benjamín Buenaventura, Jesús, “Chucho”, se manifiesta de jueves a domingo para ir al California’s. Un espectro colorido, deseante y lujurioso, camina desde el cruce de Morelos y 8 de Julio hasta la esquina siguiente, entra en el bar, elige a la conquista y le susurra: “Vivo aquí cerca, ¿vamos?”.



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